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Opiniones de hoy

Enfoque: ¿Por qué no cambiar?

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La clase política ha destruido el país. Las próximas elecciones representan una oportunidad de repudiar la corrupta y nefasta vieja política.

 

Si sufro un infarto y tengo problemas del corazón, es seguro que el médico me imponga un cambio de vida radical, tan radical, como la gravedad del caso lo demande. Seguir con el mismo ritmo de vida, cargado de estrés, tabaquismo y cualquier otro abuso al que pueda estar sometiendo a mi corazón, no hará más que garantizar un nuevo colapso –casi seguramente mortal–, en el corto plazo.

¿Qué tan enfermo puede estar nuestro sistema político?

La gravedad es mayúscula. El país se ha convertido en una auténtica cloaca. No hay una sola parte del cuerpo del sistema político que funcione. Si sobrevivimos a los masivos infartos, no es por otra cosa que por la fuerza del corazón –la sociedad–, que estoicamente resiste todos los abusos que se cometen: corrupción, impunidad, ineficiencia, fracaso social, desorden, criminalidad, tráfico de influencias y todo lo que de esto pueda derivarse.

Guatemala tiene un Estado débil. Algunos podrían calificarlo incluso como Estado fallido, pues no cumple la función para la cual se organiza, que es velar por el bien común y el respeto a los derechos de la población, sin importar su ideología, partido político, sector o grupo étnico o religioso. ¡Debe promover el desarrollo integral!

La corrupción ha tomado completamente al sistema político. Los partidos –con muy raras excepciones– y sus dirigentes, se organizan para acceder al poder para beneficiarse de él y no para servir a la población. La corrupción parece ser la prioridad número uno de quienes llegan a gobernar, ya sea a nivel nacional –poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial– o a nivel del poder local –alcaldías–.

Los ejemplos abundan y se podrían escribir varios libros sobre el tema. Negocios, compras y contrataciones sobrevaluados, sobornos bajo la mesa, fideicomisos y ONG para evadir la fiscalización, nepotismo y plazas fantasma en todas las dependencias del Estado, tráfico de influencias y, por supuesto, impunidad. Una lista que es capaz de acabar con casi cualquier corazón.

Al margen de la forma en que pensemos cómo se deben corregir estos males –con CICIG o sin ella–, la verdad es que no se puede negar que la podredumbre del sistema político aflora por todas partes. Entonces, si no hacemos algo para cambiar radicalmente, pronto veremos que el colapso nos hace sufrir más a todos los habitantes del país.

¿Qué es entonces lo que se debe
cambiar? Por supuesto que no es fácil ver qué y quiénes representan la vieja política, pero tampoco es difícil distinguirlos, porque casi siempre saltan a la vista, aunque algunas veces se presentan con rostro bonito, bien arreglado y con un discurso criticando precisamente todo aquello que en el fondo representan.

Los partidos buscan de vez en cuando rostros nuevos, que permitan presentar lobos con piel de oveja, pero en el fondo son lo mismo, al extremo que casi siempre se puede encontrar en su hoja de vida que han servido con uno, dos, tres o más gobiernos, porque al igual que los diputados, esta clase política, es como una especie de camaleón, que cambia de color –o de partido o grupo–, según la canción.

Entre la larga lista de candidatos que ya han sido nominados, encontramos que muchos han tenido diferentes cargos en la administración pública. Igual han sido funcionarios con un partido que con otro. Han estado en un puesto y luego en otro y ahora ¡por supuesto!, aspiran a algo mejor. Otros persisten como candidatos y a puro tubo creen que ahora sí, les TOCA, olvidando que no es cuestión de persistencia sino de capacidad.

Si nos ha ido tan mal con esta clase política, que practica la vieja política ¿por qué no cambiar?

Las elecciones constituyen gran oportunidad de cambio. Debe haber un rechazo a todo aquello con vínculos con ese nefasto y fracasado sistema político. En otras circunstancias, haber sido funcionario público podría dar un valor agregado para un candidato, pero en estas condiciones es una mala tarjeta de presentación, porque son contados los que han salido limpios de la cloaca.

Los recientes escándalos estallados en torno al partido UNE y a los Unionistas –la municipalidad capitalina–, son tan solo una muestra de la forma en que actúa la clase política corrupta.

Si queremos un país mejor, una ciudad más humana, un Congreso más limpio y transparente, suena más que lógico que lo mejor es cambiar.

El corazón de Guatemala está muy débil. Hay que dejar fuera los vicios del pasado que tanto lo han debilitado. Tenemos tiempo para meditar y buscar la mejor opción de cambio… pero cambio de verdad.

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