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Opiniones de hoy

Los propósitos de la justicia

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¿Sentencias ejemplares?

 

A pesar del título de esta columna, y de las coyunturas en el sector justicia, no pretendo abordar de manera circunspecta y formal el tema.

Ello obedece, no solamente a cuestiones de espacio. A veces, los relatos o anécdotas pueden ser más elocuentes y eficaces que el ensayo.

En Granada, España, hay un juez de menores muy famoso por sus sentencias. Se llama Emilio Calatayud.

Quizás su forma peculiar de administrar justicia se debe a que, a sus 13 años, por revoltoso, fue internado en un colegio malagueño con maestros estrictos y severos.

El andaluz juzgador ha escrito varios libros, incluyendo uno llamado Mis Sentencias Ejemplares.

En una de ellas, por ejemplo, condenó a un adolescente que robó en una peluquería, a aprobar un curso de corte de pelo. Pero lo más increíble de esa sentencia es que el examen para ver si el jóven realmente aprovechó el curso, es que le hiciera un corte de pelo al mismísimo juez, quien no aceptaría cualquier resultado.

“Pediré al chaval que me haga un pelao clásico: ni hablar de una cresta estilo futbolista o choricillo… ¡hasta allí prodríamos llegar!”, avisó el juez al condenado cuando comentó su sentencia ante los medios.

Lamentablemente, no he encontrado información si el joven aprobó satisfactoriamente el curso, o dejó al juez como Neymar (o Balotelli).

En su comunidad, don Emilio ha desatado debates, que generalmente se decantan a su favor.

Muchos consideran que sus sentencias son ejemplificantes. En lugar de enviar a un menor a un correccional o a un joven a una presión especial, “somete” a sus condenados a un proceso real de educación y reinserción. Cambiar su forma de vida, aprendiendo.

Vea estos otros ejemplos.

Entre sus resoluciones más conocidas destaca la de un joven muy aficionado al dibujo, condenado a narrar a través de un cómic de 15 páginas, los motivos por los que había sido sentenciado.

Calatayud condenó a un joven chofer ebrio a visitar durante un día entero a parapléjicos, hablar con ellos y sus familias y explicar después su experiencia por escrito.

A un menor que quemó basureros públicos, el juez lo obligó a trabajar durante varios días con los bomberos. Y a otro que pintarrajeó vagones de Renfe (la empresa ferroviaria pública de España), lo puso a pintar toda la estación.

Pues así, ejemplo tras ejemplo, podría ir uno sacando eventuales conclusiones que la justicia sí puede alcanzar propósitos nobles.

Siempre he pensando que la verdadera razón de ser de la justicia es conocer la verdad material al grado máximo posible. Quizás ese el el “por qué” de la justicia. ¿Y cuál sería entonces su “para qué”? Calatayud, de seguro respondería: enseñanza y oportunidad.

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