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Opiniones de hoy

Vigilantes enmascarados

opinion

En el reino de la selva.

 

 

En una fila escuché la conversación anónima de dos albañiles ya maduros, de baja estatura, quejándose del cansancio por el desvelo cada semana al participar como vigilantes de autodefensa en sus aldeas. Uno de ellos, el que tenía una mancha blanca en la piel de las manos, que se extendía como enredadera por los brazos hasta llegar al rostro, se quejó porque ya eran tres años sin dormir los jueves, porque de diez de la noche a cuatro de la madrugada ronda con un grupo entre las viviendas esparcidas por el terreno inclinado de su sector, y bloquean la carretera para interrogar a los noctámbulos y revisar documentos. Describió la rutina de abrigarse, ponerse la máscara, el capirote sagrado de penitente del Santo Entierro, y revisar el filo del machete. Otros llevan escopeta o pistola. Puse atención, porque la sola idea de transitar por tales aldeas de noche me alarmó. El trabajador testimonió que los viernes sufría en el trabajo, salvo cuando la emoción lo dejaba totalmente despejado, como la vez que respondieron al llamado de alerta por la presencia de una pareja de extraños filmando con los celulares el paso de los tuctucs, el interior de los comercios, el tránsito en las esquinas, a quienes atraparon y condujeron a un espacio apartado, y amarraron en sillas para interrogarlos. Poco a poco se completó el grupo de vigilantes enmascarados. La mujer fue atrevida, porque se mantuvo segura. Le ordenaban pedir perdón, y ella se reía. “Ustedes solo quieren asustarnos”, dijo. Hubiera sido diferente con humildad. Pero no, ella los enfrentó, negó las acusaciones, dijo que grababa por gusto, que no estaba extorsionando a nadie. Así que el jefe de los vigilantes pidió un voluntario para despachársela, y alguien del fondo se ofreció blandiendo el machete. Ella no perdió la calma, pero no tuvo tiempo ni de darse cuenta, porque de un tajazo rodó la cabeza como pelota en el suelo de tierra. El narrador insistió que con pedir perdón hubiera sido suficiente. El otro detenido empezó a chillar y pegar gritos, hasta que el machete lo silenció. Metieron los restos en bolsas y los tiraron al barranco. Esa noche nadie estuvo tranquilo en el reino de la selva, continuaron sus rondas con las linternas apagadas.

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