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Opiniones de hoy

Edelberto

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Mi mentor, en toda la palabra.

 

“Es mi mentor, en toda la palabra”, le aclaré a Luis Raúl, quien nos acompañaba a la mesa en La Mezquita de la zona 1, a una cuadra del entonces cuartel general de la Policía. “No solo fuiste mi alumno informal, también formal”, complementó con indulgencia el propio Edelberto. Y prosiguió: “¿Te acuerdas Édgar que en 1991 te di cursos sobre las nuevas corrientes en Sociología?” “Desde luego –le respondí–, formé parte de tu selecta y privilegiada elite de discípulos, y eso que no eres elitista…” Soltó la carcajada.

En los inicios de la década de 1990 Guatemala atravesaba (otras) turbulencias políticas. Las partes en guerra cocinaban los platillos de la Paz con despiadada violencia selectiva. Se afanaban por sentarse a la mesa de negociaciones con todas las ventajas. En medio quedamos los civiles. En septiembre de 1990 un comando de la inteligencia militar asesinó a mi colega la antropóloga Myrna Mack, y mi empeño por esclarecer el crimen me situó de inmediato como blanco de oportunidad de la eficaz máquina de muerte. Me refugié en Costa Rica donde conocí al mítico Edelberto Torres-Rivas, entonces secretario general de la Flacso.

Allí me dijo unas palabras que marcaron mi vida (y al cabo también la suya): “Ni dictadores ni asesinos tienen derecho a decidir dónde no tienes que vivir.” “Enteramente de acuerdo –le dije–, además extraño demasiado los boxboles con salsa ihuaxte, los volcanes del altiplano y los cielos de noviembre.” Agarré mis maletas y retorné. Fui a un seminario en el convento Belén en Antigua y un alto asesor del gobierno de Serrano me reconoció. Me llevó del brazo apartándome del grupo e inusitadamente me reprochó: “¿Qué haces acá? Te van a matar.” Recreé a Edelberto: “No me pueden impedir vivir o morir donde quiero.”

Meses después vinieron Edelberto y otro mítico, Gabriel Aguilera, a un Congreso Centroamericano de Sociología que organizó Víctor Gálvez. Les comenté el incidente. Edelberto me miró con ojos de fuego y con determinación se dijo así mismo: “También volveré para quedarme.”

Fue un gozo tenerlo entre nosotros. Primero, las tertulias en los alrededores de Di Fiori, cuando estaba por la Reforma, siempre con Luis Raúl y otros amigos como Arturo Montenegro y Calobeto. Después las comidas de “trabajo” en las que, entre broma y broma, sacaba cuaderno y lápiz, haciéndote preguntas tan agudas sobre gestión de gobierno que te obligaba a reflexionar sobre tu propio rumbo y decisiones. Finalmente, “el club de una malta”, con Ana María, los viernes al final de la tarde en su apartamento de la 7a. avenida, cerca de la plazuela España.

Hablábamos a placer sobre lo humano y lo divino. Por supuesto, Guatemala era el centro de las deliberaciones. Luego cenábamos donde los chinos de enfrente o en la terracita del italiano de la plazuela. Nuestro lugar favorito era La Mezquita, donde los anfitriones lo consentían con exquisitos Prottos. Su generosidad era tal que varias veces salimos cargando una caja del vino que democráticamente nos distribuíamos en el carro.

Aparte de algunas perspectivas políticas, lo único que no compartimos fue la poesía. Su hartazgo con el verso modernista contrastaba con mi pasión por esa expresión melódica y desordenada de la filosofía. Por eso rara vez hablamos de la materia, aunque un día le lancé el dardo: “Escribes tus ensayos científicos con irrefrenable lenguaje y pasión poéticas.”

¡Vaya si no te voy a extrañar, Edelberto! Querido amigo, sabio consejero, admirado maestro.

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