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Opiniones de hoy

Homenaje a Edelberto Torres Rivas

opinion

El camino no ha terminado. Sigue en su sitio su figura señera y su palabra lúcida que sugiere caminos.

Cuando se evoca a los amigos del alma arrebatados por la muerte, surgen los recuerdos vivos como si hubiesen sucedido ayer. Tal el caso de nuestra generación universitaria, creada durante los primeros meses del año 1948. Oigo clara la algarabía de los cientos de jóvenes de entre 17 y 18 años que inundamos literalmente el salón del primer año de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Nadie conocía a ninguno. Llegamos entre miedos y esperanzas. Algunos procedían de la Escuela Normal Central, otros, del Instituto Central, los menos de colegios privados, y el resto de casi todos los departamentos del interior de la República.

La Universidad de San Carlos de aquella época unificaba en su seno tanto a los señoritos como a los humildes representativos de todas las clases y capas de nuestra sociedad. En aquellos años era la única institución universitaria que existía en el país. Pronto, los jóvenes de supuesta alcurnia y nombres sonantes tejieron su urdimbre; otros, de sosegado porte y convencidos de que las leyes se convertirían con su ayuda en parasoles que protegiesen a la humanidad sin exclusiones, estudiarían con ahínco para lograr tan alto ideal. Unos cuantos, remisos, voluntariosos, revolucionarios aprendices de intelectuales y proclives a la bohemia sumaban a las lecturas del tedioso Derecho Romano tareas tan disímiles como sumirse en la mollera alguno que otro verso de Neruda, García Lorca y tantos más o convencernos a nosotros mismos que los años de la primavera democrática esparcirían su polen eterno sobre Guatemala.

De inmediato nuestras manos francas se reconocieron sin que fuese necesario expresar palabra alguna. Unidos, los voluntariosos iconoclastas iniciamos el camino común: Entre otros estuvimos Edelberto Torres Rivas, Mario Vinicio Castañeda, Carmen Camey, Antonio Fernández Izaguirre, Jorge Mario García Laguardia, Roberto Díaz Castillo, Carlos Navarrete, Ariel Déleon, Augusto Cazali Avila, Tono Móbil, Epaminondas González, Luis René Sandoval y diez que quince banderilleros dirigidos por el inmortal Pomponio. Dimos la vuelta de seis años alrededor del patio enorme que circunda este recinto que hoy guarda silencios memoriosos y apenas, de vez en cuando, escucha el rumor de los pasos de don Tan, el bedel eterno.

Juntos iniciamos los estudios y prendimos los fuegos fatuos de la política. Unidos siempre, imprimimos periódicos en defensa de la gesta revolucionaria, iniciada en buena parte por la generación de estudiantes universitarios que nos precedieron; creamos asociaciones de arte y escuchamos conferencias y coloquios junto a personalidades que encendieron nuestras inquietudes.

La Revolución de Octubre fue nuestra guía y su defensa nuestro pendón. Cada brindis en la taberna estratégica La Monja Blanca lo dedicábamos a exaltar nuestra vocación por la vida plena y la esperanza de que jamás terminaría. Fueron años, tareas y sueños convertidos en realidades.

Llegaron los días ominosos de la invasión norteamericana con su cauda de lutos, dolor y sangre. La juventud universitaria se unificó en la lucha contra quienes vendían su patria por cuatro monedas.

Las afinidades electivas nos ligaron: con una mirada descifrábamos cualquier alternativa: compartíamos música, libros y otras minucias, que nos encantaban. Casi no estudiábamos pero compartíamos la vida con ansiedad primaria.

Los jóvenes de ayer hemos sido leales en nuestra obra y pensamiento hasta el final. Siempre sencillos, con el ideal revolucionario guiándonos sin dobleces.

Hoy evoco a Edelberto Torres, lo intuyo sereno y complacido de ser uno de los eminentes intelectuales que honran con su obra y sus actos a aquella pléyade inquieta y revolucionaria que nunca condicionó sus ideales.

El camino no ha terminado. Sigue en su sitio su figura señera y su palabra lúcida que sugiere caminos.

 

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