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Opiniones de hoy

Mis magos favoritos (III)

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Conocí a García Lorca en Cuba siendo cónsul de Guatemala en 1929.

 

Después de meditar un minuto, descendí dos peldaños y observé el rostro al óleo de Luis Cardoza y Aragón, de mediana edad, cuyos ojos de mapache parpadeaban. Me dijo que cerrara los míos. Lo hice, los abrí y tuve al volcán de Agua ante mis ojos sombreando la Plaza de Armas, mientras un canto gregoriano sonaba en la catedral semi en ruinas. Al sentarnos en una banca del parque le dije que en la Librería Universitaria encontré y leí sus poemarios. Me contó que decenas de universitarios fueron a Francia a estudiar tras los terremotos de 1917 que destruyeron ciudad de Guatemala. Él y Asturias llegaron a París para cultivarse, pero no lo que imaginaban: “Me puse a estudiar la danza de los Q’eqchi’ el Rabinal Achí, donde reclaman sus derechos al rey español. Asturias fue tras el Popol Vuh. Ambos estábamos fascinados con el creacionismo, el dadaísmo y otros ismos: Huidobro aún vibra en mis versos como en los de Asturias, los dos atados a nuestra tierra, como tú, entre ruidos de ferrocarriles, aeroplanos, barcos, vías subterráneas y demás arterias de la vida del mundo. Conocí a García Lorca en Cuba siendo cónsul de Guatemala en 1929. Y publicamos nuestros versos en la Revista Avances. Me consterné cuando fue asesinado por las huestes de Franco. Lee el Popol Vuh, a Góngora, a Batres Montúfar, a Mallarmé. Ahora, háblale a mi hermano Miguel Ángel y quítale el semblante taciturno”. Dejamos la dimensión antigüeña al abrir mis párpados.

Asturias me vio y, haciendo un gran esfuerzo, salió protestando del marco, arrugando el traje y corbata gris. “De joven era delgado, pero ahora ya no. Amé una chica parisina, el amor de mi vida, pero sus padres impidieron nuestro matrimonio y quedé marcado”. “Los amores que no se olvidan”, le dije. Y subimos despacio varias gradas y nos sentamos. Hablando de todo, me hizo ver que el barbudo Ramón del Valle Inclán le mostró su borrador de novela en México sobre un dictador. Ya en París, luego de conversar con Uslar Pietri, alargó el cuento Los Mendigos para crear con el tiempo El señor Presidente. A Valle Inclán le sonó la flauta con libro Tirano Banderas, pionero del género antidictatorial, donde los déspotas vesánicos persiguen, intimidan, secuestran, torturan y asesinan, rodeados de rastreros que le consiguen medallas, condecoraciones, doctorados. “Me quedé corto al escribir las atrocidades del terrible Estrada Cabrera en mi novela, pues fue cruel con mi familia y muchas más. Los ecos de desdichas los hice parte de mi propia lengua. No iba a escribir como un ilustrado mestizo sino aprovechando el surrealismo y el ritmo de mi tierra. Tenía que estar al compás del tun y de mi corazón. Eso lo entendí en París donde pude colaborar con la traducción del Popol Vuh. De esos estudios y el paso de los años fue surgiendo Hombres de maíz, que ejemplifica cómo el origen de la lucha de clases cuando la tierra se hizo propiedad privada y fue tratada como negocio y, así, en cualquier parte del mundo. “Hay que dar testimonio, Fernando, pues si escribes para distraer, quema las hojas ya escritas. Da tu testimonio de tu tiempo”. Asturias me dio una palmada en el hombro con un semblante bonachón y caminando por el corredor se quedó viendo el bosque. Me dijo que estaba a recordando a Blanquita, su mujer, que le salvó la vida y su literatura. “Tienes que tener a tu lado a alguien como ella y estudiar más”. Me habló de Arbenz, a quien consideró su presidente hasta que murió. Un héroe trágico para una tragedia en vísperas. “Él y su esposa María Cristina cenaron en mi casa en París con Blanquita y Miguelito luego que obtuve el premio Nobel. Y fue la última vez que lo vi. Allí le conté a Jacobo que Neruda dudaba de La Habana y fuimos de la misma opinión. El camino de las armas no tenía sentido y menos al ver los goulags soviéticos. Yo admiré a Jacobo desde que dijo Cueste lo que cueste sacaré de la miseria a mi pueblo”.

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