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Opiniones de hoy

La dictadura cotidiana en el espacio laboral

opinion

La corrupción estatal no podría sobrevivir sin la corrupción general, en especial la empresarial.

Desde hace tiempo se sabe que algunos de los problemas más graves de una sociedad se generan en los espacios de la vida cotidiana. Al escudriñar las acciones y actitudes que predominan en las diversas esferas de la vida diaria se puede comprender por qué vivimos en una sociedad con inaceptables niveles de crueldad, violencia y corrupción.

Con independencia de sus diferencias, las pensadoras feministas han puesto de relieve la importancia de los ámbitos “privados”, subrayando que lo personal es político. Por esta razón, Susan Moller Okin aducía que los seres humanos, en especial los hombres, no son como los hongos que surgen espontáneamente de la tierra.

Uno de los espacios más opresivos suele ser el de las relaciones laborales. En este, la lógica neoliberal fomenta la precarización social, haciendo que los trabajadores afronten injusticias frente a las amenazas del desempleo o subempleo. El sociólogo alemán Heinz Bude nota que la gente ya no busca promocionarse, sino simplemente no caer.

La seguridad personal y laboral es una quimera en lo que Oliver Natchwey denomina la “sociedad del descenso”.

Sucede, entonces, que el espacio laboral puede convertirse en un terreno inhóspito para la defensa de la dignidad humana, y por tanto, en un espacio de degradación moral.

El problema radica en que las relaciones laborales, en esta etapa del capitalismo, se construyen alrededor de la competencia entre los seres humanos. Desde esta perspectiva, el otro no es un prójimo sino un adversario.

Este fenómeno conduce a una idiotización moral de la sociedad. Recordemos que en la filosofía griega antigua, el idiota era el que solo se ocupaba de sus asuntos.

En consecuencia, en muchos casos, los lugares de trabajo se convierten en auténticas cámaras de tortura en donde el trabajador es sometido a un acoso permanente (mobbing).

Este maltrato se alimenta de la errónea creencia de que el éxito o fracaso no depende de adecuadas condiciones sociales. En un contexto marcado por tales creencias irracionales, se genera un relajamiento de las normas sociales y las demandas de la ética.

En este sistema, el poder se acomoda a los niveles de sociopatía que crea nuestra sociedad. Con las excepciones del caso, los empleadores y sus representantes, convertidos en pequeños dictadores, gustan de someter a sus empleados y subordinados a un sistema de terror.

Una gran cantidad de jefes y directivos actúan como capataces. Vale decir que estos siempre son sometidos a la misma lógica precaria, puesto que en un momento dado ellos mismos pueden ser sustituidos por otras personas con menos escrúpulos.

Esto explicaría por qué muchos individuos que ocupan puestos de dirección suelen ser casi ciegos en lo que respecta a la dignidad de las personas que tienen la desgracia de estar bajo sus órdenes.

Sucede entonces como con la política: quienes llegan a los puestos de poder suelen ser personas de la peor estirpe moral y la menor preparación. Ello no puede extrañarnos, dado que la corrupción estatal no podría sobrevivir sin la corrupción general, en especial la empresarial. La ignorancia y la prepotencia son funcionales al sistema.

Es necesario contrarrestar esta tendencia en el mundo laboral. Nunca ha sido tan necesario, como ahora, que comprendamos que los derechos humanos son instrumentos normativos que sirven para cuestionar las opresiones de la vida cotidiana.

Como ciudadanos conscientes debemos evitar practicar este juego en el cual todos perdemos. El área laboral es un espacio de realización personal y social, no uno de exhibiciones vergonzosas de poder.

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