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Opiniones de hoy

Una memoria de Navidad

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En casa de mis padres la Navidad tenía una importancia proverbial.

 

Cuando yo era niño no servía de mucho pedir juguetes durante el año, pero sí era válido hacerlo como regalo de cumpleaños o de Navidad. El resto del tiempo mi padre me permitía comprar libros. “Todos los libros que querrás”, me dijo una vez al entrar a una tienda que acababan de inaugurar. He de haber tenido ocho años y, aunque no me agradó del todo la respuesta, recuerdo haber resuelto aprovechar la oportunidad tanto como hubiera podido. Compré y leí muchos libros bajo ese trato, pero es ese día en particular cuando todo empezó, el que más recuerdo, no porque el ofrecimiento llegara en esa ocasión, sino por los libros que obtuve. Traté de experimentar ligeramente con el valor de la palabra de mi padre y en vez de pedir uno, escogí dos. Sin titubear y con la soltura de quienes han hecho de la rectitud un modo de vida, los agregó al resto de productos que adquirimos aquel día. Yo no sabía nada de los autores ni de los libros que me acababa de agenciar, pero aquel día de diciembre la fortuna me sonrió con la bondad propia de un pequeño prodigio. Un cuento de Navidad, de Charles Dickens; y Una memoria de Navidad, de Truman Capote, ese fue mi primer botín. Desde entonces cada diciembre, invariablemente, ha iniciado para mí leyendo a Capote. Lo leí durante los años de primaria y creo que cada año le encontré un matiz diferente. Me proporcionó de un consuelo muy personal a los doce años, durante la Navidad que pasé lejos de casa cuando estudiaba en Austria. Ahora de adulto, encuentro nuevos brotes de magia con cada lectura subsecuente: el uso del lenguaje, el ritmo, la claridad de las imágenes, la fuerte carga emocional que genera el íntimo vínculo entre Buddy y su amiga. Sin lugar a duda, las tradiciones toman un particular brote de importancia cuando son adoptadas desde la niñez. En casa de mis padres la Navidad tenía una importancia proverbial; la música navideña sonaba desde noviembre, generalmente los clásicos: Johnny Mathis, Ray Conniff, Bing Crosby y algo de Nat King Cole. Un buen día, sin mayor anuncio y con música de fondo, mi padre iniciaba la mañana en el techo y delineaba el borde blanco con luces, seguía con las ventanas y terminaba dibujando un arbolito cerca de la entrada. Cuando éramos muy niños con mis hermanos hacíamos una granjita, sobre aserrín, que servía de Nacimiento. En algunos casos tuvo muñequitos vaqueros de mi hermano -creo que incluso soldaditos- aunque pudieron haber sido míos. De las actividades propias de la época que más emoción me causaban era parar en alguno de los puestos a lo largo de la avenida Montúfar –por aquellos tiempos todavía se podía parquear al borde de la acera- y comprar cohetes, volcancitos, silbadores y tronadores. Mi papá tenía una particular forma de usar los silbadores: en lugar de tirarlos con fuerza al acercarse el fin de la mecha, los sostenía suavemente por el borde opuesto, esperaba a que empezaran a silbar y entonces, con un suave movimiento, los dejaba ir. De esa forma el vuelo era más controlado y con mejor trayectoria. En ese tiempo, previo a la inclaustración en el condominio, aun había barrios o colonias abiertas y las posadas fluían alegres y bulliciosas por las calles. Qué gusto me causaba la temporada de buñuelos; uno podía entrar y salir de las casas vecinas, que mantenían sus puertas frontales abiertas durante la algarabía.

Generalmente las vacaciones familiares las tomábamos a inicios de diciembre e infaliblemente incluía recorridos por la ciudad visitada, para observar cómo adornaban las tiendas y casas del lugar. Durante el recorrido nominábamos las más bonitas en un improvisado concurso interno. El 24 por la noche la pasábamos con la familia de mi padre, en casa de mi abuelo junto a tíos y primos. Después de cenar, al dar las doce, se entregaban los regalos, uno a la vez hasta que la gran pila abajo del árbol terminaba. Luego a la casa y a mediodía del 25 llegaba toda la familia de mi madre a almorzar. Esas son mis memorias de Navidad. Por estos días me estoy creando otras. Estoy tratando de grabar profundamente en mi corazón estos escasos años en los que mis hijos aún creen en una bondad universal, en la pureza del alma y en la existencia de un viejito regordete que trae regalos.

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