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Opiniones de hoy

El Chapo arriba, Odebrecht abajo

opinion

“La historia es la madre de la verdad”. Cervantes.

 

Una idea por demás añeja se publicó en primera plana en ‘Prensa Libre’, a propósito del Encuentro Empresarial celebrado en La Antigua Guatemala: “Empresarios de Iberoamérica piden integrar las economías”. Tal pedido me hizo recordar el ameno curso sobre integración económica impartido en la Facultad por el Maestro Alfredo Guerra Borges. Además recordé otras enseñanzas:

Durante mediados de los años noventa, brillantes economistas como los ticos Álvaro de la Ossa y Rodolfo Trejos, y otros no menos importantes, reforzaban para el Istmo las prácticas nuevas sobre política comercial externa, a raíz del ingreso al GATT (hoy OMC), y para comprender mejor los viejos tiempos me encuentro devorando el libro de Alfonso Pimentel, un economista versado en temas de la integración, y que lleva el título “La integración centroamericana desde sus orígenes hasta el Protocolo de Tegucigalpa, 1951-1991”.

La idea era más o menos la siguiente: Centroamérica debe insertarse en América Latina consolidando relaciones, de inicio, con sus vecinos grandes, tomando ventaja de su mayor complejidad, accediendo inicialmente a tales mercados para luego transitar hacia el Tratado de Integración Andino y los grandes esquemas de integración sureños. En ese entonces, a la vez, la prospectiva de integración y de relaciones entre los tres grandes del G3 era halagadora. Era así como Colombia, Venezuela y México buscaban inicialmente integrarse entre sí y de pasada integrarse con Centroamérica, buscando una armonía de políticas, y no solo la comercial y arancelaria sino un conjunto de esquemas que además pudieran fluir hacia esfuerzos globalizados, pero trabajando regionalmente en forma conjunta, a través de la integración
latinoamericana.

Ahora bien, cuando todo esto se planteó a Colombia aún le tocaba enfrentar la espiral de narcoviolencia jamás experimentada, mientras en México resonaban ya las alianzas entre los Chapos y sus rivales con los diversos carteles colombianos, que capturaron a la región para conformar un corredor y bodega, a través de sanguinarios corresponsales en Zacapa, San Pedro Sula, Huehuetenango y otros lares. Además, ya en Venezuela se había producido la asonada en contra de la entente de socialdemócratas y demócrata cristianos que se habían repartido el pastel del mando, cual liberales y conservadores decimonónicos. Se estaba generando así el caldo de cultivo del descontento social que hoy, con los
gérmenes de la descomposición, ha llevado al desgobierno de Maduro.

Y vaya toda esta reflexión, a raíz de las antañonas propuestas del Encuentro Empresarial, celebrado en La Antigua Guatemala y del análisis dominguero de Chepe Zamora: “Muertes extrañas, misteriosas y con trasfondo siniestro, que presuntamente podrían ser asesinatos vinculados al escándalo de corrupción de Odebrecht en Colombia”. Lo sucedido desde tal fecha hasta el presente, simplemente comprobó una de las hipótesis que se diseñaban: “si no se robustece el lado público de la integración, ésta simplemente avanzará, de facto, dada la dinámica de los grupos privados”. No imaginamos que el capital narco, combinado con la cooptación del Estado, y las siniestras alianzas público-privadas ganarían la partida.

Habiendo destronado el liderazgo tecnocrático y la fuerza del lado público, no es extraño entonces que hoy tengamos lo que flota en la región: una clase política decadente, banqueros enriquecidos con el lavado de activos, escasa innovación y una diáspora que crece en forma geométrica, sosteniendo de forma artificial la macroeconomía del Triángulo Norte.

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