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Opiniones de hoy

Nuestro juego

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Es hora de involucrarnos, carajo.

 

En la época de oro de los noticieros gringos, usted podía enterarse, al final del día, en un formato condensado y ameno, acerca de los acontecimientos más importantes del día. En un replanteamiento de cómo informar a través de periodismo serio, las tres cadenas formaron su propia propuesta, cada una tratando de superar a la otra y el resultado fue el surgimiento de los grandes periodistas de la época. ¿Cómo no echar de menos a Morton Dean, Walter Cronkite y Rogger Mudd? De ese linaje se formó Bradley, Rose y Amanpour, entre otros.

Muchos de estos grandes del periodismo trabajaron hasta muy entrados en la cuarta edad, y eso permitió a personas como yo conocer su trabajo. Durante los años ochenta, ya en el cuarto final, se les podía ver quizá con menos energía, pero rebosando sabiduría y tan llenos de pasión por el oficio como en el primer día. De esa época a quien más echo de menos es a Andy Rooney. De él siempre se podía aprender. Que refrescante resultaba su perspectiva tan particular. Sus comentarios no eran para todos, prueba de ello son todas las protestas que generaron. El mismo Rooney se preguntó alguna vez si quizá se estaba volviendo muy suave pues ya no recibía tanta carta maltratándolo.

Andy Rooney, quien trabajó hasta sus 92 años, ha estado mucho en mi mente en las últimas semanas. Y es que hay una pregunta que no logro resolver y se mantiene batiendo en mi imaginación. Mientras se acerca un nuevo año electoral y vemos de la clase política escándalo tras escándalo descubierto en los medios de comunicación; mientras vemos de lejos tantas galimatías; tanto caos y tanto desbarajuste, no puedo evitar cuestionar qué papel juega todo guatemalteco en el destino de esta nación.

Claramente hemos forjado una democracia indiferente, impasible y permisiva, una democracia compuesta por ciudadanos que, le permiten a su clase política cualquier infracción. Una demanda política que tolera todo tipo de acción incluso la que contraviene a sus más profundos intereses personales.

¡Es suficiente! Está bien que el asiento del piloto no nos viene bien a todos, pero ya es suficiente de permanecer sentados en el asiento de atrás, aletargados y complacientes: eternamente esperando un destino elegido por alguien más.

Hoy recuerdo a Rooney por el mensaje que les mandó a los cien millones de estadunidenses que no votaron en las elecciones del 2000: “Tampoco voten en las siguientes elecciones. Si usted no lee a diario un periódico serio, no vote. Si no puede mencionar por lo menos a cuatro miembros del gabinete de gobierno, no vote. Si usted es un flojo y no está interesado en este país, no vote”.

Alguna vez pensé –erróneamente– que trabajar con ahínco en mi profesión era mi aporte justo al país. Bueno, no lo es. Como tampoco es suficiente el esmero y tesón que usted le pone a la suya. Es hora de involucrarnos, carajo. Es hora de mandar al cuerno a la panda de patanes aprovechados que a diario hunden a este país. Y el primer paso es informarse. El primer peldaño es conocer para forjar discernimiento educado. Es hora de despertar, de sacudirse la insensibilidad, es hora de encariñarse y, sobre todo, es hora de demandar un cambio radical.

Es hora de dejar de jugar el juego de ellos. Es tiempo de jugar un nuevo juego; el juego de los honrados y no el de los mentirosos, el juego de los que trabajan para poseer y no el de los ladrones, el juego de los que buscan la paz y no el de los asesinos. Es tiempo de jugar nuestro juego.

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