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Opiniones de hoy

Aunque la noche sea oscura, viene el amanecer…

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En Guatemala, el sistema les brindó “en bandeja de plata” un poco usual pero sumamente efectivo instrumento: la CICIG.

La Guatemala “post conflicto armado” resultó en una entente que hoy se reacomoda a sobresaltos y en la que hay cuatro actores clave internos, y dos externos. Los internos son (i) el “sector privado organizado”; (ii) las “mafias paraestatales”; (iii) la “derecha académica”; y (iv) la intelectualidad “de izquierda”. Los externos son el largo brazo del “Tío Sam” y “el narcotráfico”. Tras la “firma de la Paz”, el “sector privado organizado”, a través del CACIF, ha venido cogobernando con los verdaderos ganadores del conflicto armado, que devinieron “mafias paraestatales”. De origen contrainsurgente, estas mafias se empezaron a gestar cuando Jimmy Carter obligó al gobierno de Lucas García a abastecer clandestinamente al Ejército de insumos que él les negaba. La experiencia convirtió a varios oficiales militares y a sus colaboradores, en expertos contrabandistas, extorsionadores y manipuladores del aparato estatal, cuyas riendas tomaron sigilosamente: primero, para defender al Estado guatemalteco; y después, para hacer fortunas a la sombra del poder. De manera pragmática, el sector privado se vio forzado a tolerar el fenómeno, como “parte del costo” de defender y mantener al régimen. El fenómeno se amplió y la mayoría de los políticos (de Cerezo en adelante), también pragmáticos, al margen de sus supuestas ideologías, se sumaron a este juego de usar al Estado como botín, en pago a sus liderazgos de alquiler. Todos salpicados, todos contentos…

La guerrilla derrotada, por otra parte, con la maquiavélica aquiescencia del “departamento de Estado” norteamericano (queriendo “equilibrar”, probablemente, al bicéfalo poder real local), encontró cobijo entre la hasta entonces inocua intelectualidad democrática “de izquierda”, cuya agenda viró hacia causas “posmarxistas”, como la hipócrita “ecohisteria” antiminería, el activismo judicial y las políticas “de género”, entre otras muchas. Originada en la universidad estatal, esta intelectualidad, engrosada por los exguerrilleros, también se acomodó al sistema a través de entidades académicas locales (Usac y adláteres) e internacionales (como la FLACSO) y de múltiples “organizaciones no-gubernamentales” patrocinadas, casi siempre, desde el exterior. Pronto empezó a penetrar también las estructuras de gobierno (desde los ministerios hasta las Cortes), y de esa suerte, a incrustarse en la incómoda “entente” que nos ha gobernado desde 1996, sin requerir del voto ciudadano, sin participar en un juego político formal. Este último fenómeno, alarmó al “sector privado”; que a regañadientes, primero, y con menos reticencia, después, empezó a “darle más alas” a la “derecha académica”, cada vez más visible en la prensa local, como contrapeso a esa intelectualidad de simpatías socialistas y para intentar detener esa objetada penetración solapada en las estructuras de gobierno. En la conducción del Ejecutivo, mientras tanto, Portillo, luego Berger; Colom, luego Pérez Molina; han sido parte de una “alternancia” en el predominio gubernamental entre las dos expresiones políticas subyacentes que realmente nos han cogobernado. Utilizando “cascarones” electoreros sin ideología oficial, han detentado el poder sin que como resultado la sociedad guatemalteca haya podido escapar de un largo y enfermizo estancamiento socioeconómico, en tanto su población y su emigración siguen creciendo. La discusión política verdadera, para quienes no han sido parte de “la entente”, quedó, efectivamente, vedada…

La CIA nos ha estado espiando con mucho esmero desde que los hermanos Dulles decidieron “botar” a Árbenz por haber osado tocar directamente sus intereses en la United Fruit Company, en 1954. A través de escuchas telefónicas, informantes pagados y ahora, de espionaje electrónico, “los gringos” sí saben “quién es quién” aquí, quién hace qué, y consiguientemente, qué es lo que realmente pasa en Guatemala. Hasta hace poco, ese conocimiento era subutilizado; pero acicateados por las presiones migratorias y el incremento del narcotráfico, en Washington se estableció un raro consenso bipartidista para usar los frutos de su “inteligencia” exterior, en “quitarles el poder” a los corruptos de la América Latina, y así, según parecen creer, aminorar las presiones migratorias y el narcotráfico que tanto les molestan. En Guatemala, el sistema les brindó “en bandeja de plata” un poco usual pero sumamente efectivo instrumento: la CICIG. Por eso, cayó “la Baldetti” y seguido, Pérez Molina; y después, siguió un amenazador proceso de desmantelamiento general de “la entente”. La intelectualidad de izquierda “olió sangre” y se prepara “para heredar”, coqueteando posibles alianzas con cada cabeza de “la entente” por separado. El narcotráfico, también, se apresta a llenar el vacío de poder en el financiamiento electoral… Presa del pánico, el actual poder bicéfalo, invocando una súbita preocupación por “nuestra soberanía”, está intentando, desesperadamente, detener la debacle…

Como en Roma tras las guerras púnicas, los Estados Unidos se encuentran hoy en una coyuntura en la que sus instituciones republicanas se ponen a prueba por las tentaciones que a sus gobernantes les plantea su realidad imperial. En el Washington de hoy, Donald Trump, a contracorriente del consenso bipartidista mencionado, caprichosamente le “ha tirado un salvavidas” al naufragio del más reciente representante de la ‘entente’ local, Jimmy Morales. Pero en noviembre vienen las elecciones de medio período en la Superpotencia norteamericana y el corto “attention span” de Trump se enfocará hacia otros temas y otras regiones, lo que probablemente deje al “State Department” en libertad de continuar con su política exterior profesional. Además, la gerontocracia que visiblemente lideraba la entente está saliendo de la escena por incapacidad o por muerte natural (Arzú y Ríos Montt). Más importante aún: el genio ya está fuera de la botella; en enero, inevitablemente, habrá elecciones con nuevos actores, y la discusión política real no se podrá impedir. Sí, Guatemala: el combate a la corrupción será tema electoral inevitable y el 70 por ciento pesará. Aunque traten fútilmente de impedirlo, habrá inevitable rendición de cuentas; se aproxima un nuevo amanecer…

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