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Opiniones de hoy

Libre juego de opiniones

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El pluralismo es esencial para la vida en democracia.

 

Una genuina democracia republicana requiere de la plena vigencia y respeto del libre juego de opiniones, es decir la posibilidad irrestricta de que los ciudadanos expresen libremente lo que piensan, creen, proponen o asumen sobre determinados temas, problemas, proyectos o asuntos de interés cívico o político, sean controversiales o no.

Lógicamente, para que los ciudadanos puedan adoptar posiciones, actitudes o decisiones de cara al manejo de la cosa pública, así como para que puedan decidir y elegir con conocimiento y fundamento, es necesario que también se les garantice el libre acceso a las diversas fuentes de información, así como a opiniones diversas, sea directamente o a través de los medios de comunicación (tradicionales, alternativos o digitales), que son los vehículos naturales que les trasladan la información y la opinión desde donde se genera la noticia o la emisión del pensamiento.

El pluralismo es esencial para la vida en democracia y para la formación de la opinión pública, porque garantiza la coexistencia pacífica de muchos comunicadores con diferentes visiones, intereses, tendencias, misiones e ideologías. Qué mejor para la democracia republicana que los ciudadanos puedan recibir informaciones y opiniones distintas y abundantes, y que estos, con absoluta autonomía, puedan compararlas, verificarlas, contrastarlas, discernirlas, discriminarlas o, en su caso, enriquecerlas, complementarlas o refutarlas.

Los activistas, políticos y gobernantes populistas e intolerantes, por el contrario, son alérgicos al libre flujo de información y opinión, porque no están dispuestos a aceptar sus propias inconsistencias, desaciertos o yerros, a pesar de que se demuestre, con evidencias, que sus asunciones, planteamientos o propuestas son débiles, vulnerables, engañosas o insubsistentes.

Por tanto, estos individuos siempre buscan imponer y no debatir, descalificar a quien piensa diferente (falacia ad hominem) y no discutir sus propuestas y proyectos, insultar o denigrar al rival o competidor en vez de confrontar las ideas del otro con argumentos y respeto, así como echan mano del deleznable maniqueísmo con el fin de satanizar al opositor o disidente.

Puede estarse en desacuerdo con alguien, incluso con vehemencia, pero jamás caer en la tentación de demeritarlo, descalificarlo, injuriarlo, aherrojarlo, oprimirlo, desterrarlo o, peor aún, destruirlo. Puede disgustarme una persona, lo que piensa, lo que hace, lo que dice, lo que escribe, lo que propone o su manera de ser, pero eso no me da derecho para discriminarla, avergonzarla, ofenderla, despreciarla o violentarla de cualquier manera. Voltaire decía: “No comparto tu opinión, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla”, lo cual se ha interpretado como un verdadero homenaje a la tolerancia.

La intolerancia ha sido el germen de confrontaciones, conflictos, violencia, guerras e injusticias a lo largo de la historia de la Humanidad. Sin duda, la intolerancia fue la causa del enfrentamiento armado interno en nuestro país (1960-96). Suprimir al diferente, al que se opone a lo que digo o hago, a quien odio, recelo, rechazo o envidio, es la marca de la intolerancia.

Inequívocamente, la madurez sociopolítica de una comunidad humana se mide por el grado de tolerancia, que se traduce en respetar y soportar las ideas, opiniones, pensamientos, creencias, acciones o prácticas de los demás cuando son opuestas o distintas a las propias.

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