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Opiniones de hoy

La niña en el exilio

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Solo quien lo ha vivido, está en capacidad de entender esta simbología, porque el pan del exilio es duro, escaso y amargo.

 

Hurgando en mi desordenada biblioteca, encontré un libro editado en Costa Rica en febrero de 1936, bajo el título atractivo de: Lampocoy y Taguayní. Al abrirlo me encontré con la dedicatoria: “Para Joaquín Barnoya, con mi viejo cariño, cada vez más fuerte al comprobar que es uno de los pocos de aquella generación de 1920 no envilecidos por la tiranía”. Y abajo la firma con letra clara y hermosa: Alberto Paz y Paz. Escrito en forma epistolar relata el viacrucis que con su hermano Enrique, huyendo de la persecución de la Policía del General Ubico, desde Zacapa, pasando por las montañas de Lampocoy y Taguayní, para pasar por Honduras y finalmente llegar a Costa Rica.

Muchos años después Olga Paz Valle de Vásquez entresaca sus recuerdos de su memoria de niña y escribe un libro: Con ojos de niña que es la historia de dos hermanas y sus recuerdos del exilio de 1934 a 1944. El libro fue publicado por su hijo que luce dos nombres egregios: Edmundo, nombre de su inolvidable padre: Edmundo Vásquez Martínez, y Enrique, el nombre de su valiente padre: Enrique Paz y Paz.

La odisea se inicia el 13 de septiembre de 1934, cuando Alberto y Enrique Paz y Paz –perseguidos por la soldadesca Ubiquista– inician su penosa caminata a través de las montañas de Chiquimula (Lampocoy y Taguayní) hasta llegar a Honduras, arribando finalmente a Costa Rica. Es en esos días en los que cae masacrado José León Castillo en la Vuelta del Tuno, y Efraín Aguilar Fuentes es torturado y fusilado en la Penitenciaría Central.

Lilian y Olga parten después con la madre y Concha, la empleada fiel y solidaria, que sigue sus pasos hasta Costa Rica, y es en ese hospitalario país en donde inician una nueva vida. Pasan después a Santa Tecla, en donde el padre trabaja como abogado y en donde nace su hermano Enrique. Llega con la Revolución de 1944, el retorno a la tierra y la estancia en Quetzaltenango.

Con su mirada tierna y voz dulce dice Olga: “En la vecindad siempre hay una luz que alumbra; es el rescoldo de lo que le queda al que sale al exilio. Solo quien lo ha vivido, está en capacidad de entender esta simbología, porque el pan del exilio es duro, escaso y amargo”.

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