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Opiniones de hoy

Democracia en la era no democrática

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La historia no se repite, no existen segundas oportunidades para corregir errores políticos.

 

Posterior al golpe de Estado de 1954, con pocas excepciones, y quizá por la duración del conflicto armado, Guatemala continuó teniendo elecciones como si el sistema político y social no estuviese siendo desgarrado y destruido junto a buena parte de su población, que comenzó a ser denominada “enemiga interna” a partir del golpe fraguado por la CIA que contó con el irrestricto respaldo de la dirigencia de la Iglesia católica, la cúpula militar y las elites económicas, especialmente la agraria. Así Guatemala tuvo “supuestas elecciones” generales en 1958, 1966, 1970, 1974, 1978 y 1982. Es decir, se mantuvo la fachada de democracia a través del sufragio.

El mismo Ejército creó su propio partido político, el Partido Institucional Democrático, PID, para incorporarse y hacerle el juego a esa farsa, llegando, incluso a crear alianzas con líderes y partidos progresistas. El fraude, el abstencionismo y el voto forzado en comunidades controladas por el Ejército fue una constante en esas elecciones.

Sin embargo, el apostarle a procesos de elección también requirió del silencio y la complicidad de partidos o candidatos supuestamente progresistas que nunca se expresaron ni tomaron posturas sobre la violencia que las fuerzas de seguridad ejercían en las áreas rurales y contra la población indígena. El mismo Julio César Méndez Montenegro, logró llegar a la presidencia y aceptó el cargo pactando con el Ejército quien no disminuyó la violencia que ejercía en el oriente del país y que eventualmente terminó asesinándolo. Su paso por la presidencia, igual que el de Vinicio Cerezo lleva a preguntar ¿Cuál es el beneficio de pactar con el diablo para llegar al poder? ¿Cuánta humanidad pierden? ¿Cuántas muertes tienen que cargar en su conciencia?

Durante los años de guerra, la corrupción y el fraude crecieron al mismo ritmo que la violencia estatal hasta llegar a las elecciones de 1984. Ese proceso de transición, similar a lo que fue la mal llamada “independencia de 1821”, y a lo que pareciera que fue el mismo proceso de paz, se convirtió en un pacto más, diseñado por elites, militares y políticos para aparentar cambios mientras aseguraban la perpetuación de sus privilegios y del statu quo.

La historia no se repite, no existen segundas oportunidades para corregir errores políticos y sin un análisis crítico del pasado sí que hay ciclos muy similares. Por eso, los negociantes de la política del pasado tienen sus tentáculos en los procesos políticos actuales y los seguirán teniendo en las próximas elecciones. La falsa democracia de la guerra se mantiene en la posguerra y continúa siendo manejado por un grupúsculo de criminales corruptos, disfrazados de diputados, presidente y sus ministros. Así funciona la “democracia” en la era no democrática.

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