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Opiniones de hoy

El problema de la imbecilidad política

opinion

Se vive en un tiempo en el cual se siente hostilidad hacia el conocimiento y la reflexión.

 

 

No es agradable reconocerlo, pero lo único que se puede comparar con la inagotable imbecilidad del actual Gobierno guatemalteco es la incapacidad ciudadana para encontrar las claves para liberarse de sus lacras políticas. Conviene, por lo tanto, reflexionar un tanto sobre la imbecilidad para encontrar algunos de los factores que inciden en que este desgobierno pueda resistir al descontento ciudadano.

 

En su pequeño libro ‘La imbecilidad es cosa seria’, el filósofo italiano Maurizio Ferrari caracteriza a la imbecilidad como “ceguera, indiferencia u hostilidad a los valores cognitivos”. Con base en esta descripción, todos somos víctimas de episodios de imbecilidad; basta pasar por alto la verdad, la evidencia o la coherencia de un pensamiento o una acción. Elaborando un poco la idea de Ferraris puede verse que parte de la estupidez consiste en el hecho de que esta se disfraza frente a sí misma. Por esta razón, el verdadero imbécil –el permanente no el ocasional– suele ser aquel que carece de la capacidad de dudar de sí mismo.

 

Ahora bien, la mínima definición de Ferraris muestra que la sociedad guatemalteca supera ciertos niveles de estupidez política cuando renuncia a la dignidad intrínseca a la ciudadanía. A los ojos de nuestro pueblo, debe quedar claro que no se puede obedecer a un gobierno que ha violado los términos mínimos del pacto constitucional y que pisotea nuestros derechos fundamentales. Resignarse a vivir de esa manera equivale a abdicar de la responsabilidad hacia nosotros mismos. Buscar la manera de liberarse de este gobierno es, pues, una obligación moral de la ciudadanía.

 

La mejor manera de superar la estupidez ciudadana es reflexionar sobre las maneras en que la cultura contemporánea, constitutivamente tecnológica, induce un permanente estado de ceguera respecto a las estrategias profundas que convierten al ser humano en un ser sin convicciones profundas, un ser básicamente destinado al consumo. No se puede ignorar, para señalar un aspecto fundamental, la manera en que el bombardeo de estímulos y mensajes en la red erosiona la capacidad crítica de los ciudadanos, convirtiendo a muchos de ellos en esos seres indiferentes que, como decía Gramsci, constituyen el peso muerto de la historia. Desde luego, no me refiero a los espacios de discusión seria y profunda en el Internet.

 

En consecuencia, se vive en un tiempo en el cual se siente hostilidad hacia el conocimiento y la reflexión; un troll lanzado a la red puede decidir una contienda política a favor del candidato más incapaz. De hecho, han sido la estupidez generalizada y las regresiones que permite la ignorancia, la que ha llevado a personajes caricaturescos como Trump, Morales o Duterte, y ahora quizá Bolsonaro, al poder en sus países.

 

Precisamente el declive del valor de la verdad, la desaparición de ese piso común fáctico, lo que alimenta la creencia equivocada de que las ideologías han muerto. Por esta razón, es profundamente erróneo decir que la lucha contra la corrupción no tiene bandera ideológica. No se puede reducir la angustiosa problemática actual a la lucha contra la corrupción sin caer en un engaño radical. ¿Sería ilegítimo un gobierno transparente que siga con las políticas de eterno despojo que han sido la regla en nuestro país? Nada deberíamos hacernos escapar de la verdad de que estamos en un periodo decisivo en la historia de nuestro país y la región y que debemos salir de la cueva ideológica para encontrar el camino del futuro.

 

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