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Opiniones de hoy

Ya no estamos los mismos

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El tiempo inexorable ha difuminado efigies de las fotografías antañonas.

La añosa fotografía con sus más de sesenta años, ha perdido el color y la textura, pero no la calidad y el cariño que la inspiró. Fue tomada en el patio del centenario Instituto Nacional Central para Varones a finales de enero de 1948 cuando nos graduamos de bachilleres en Ciencias y Letras. Otras tantas fotografías fueron tomadas en esas fechas en los diferentes planteles: la Preparatoria, el Instituto Modelo, el Cervantes y otros tantos. Recién iniciado febrero ingresamos con entusiasmo a la tricentenaria Universidad de San Carlos que, nos acogió con instinto maternal, como verdaderos hijos putativos.

Despego la fotografía y veo que en ella faltan ya varios que se quedaron en el camino y ahora nos empujan a seguir hasta donde el cansancio nos lleve. El primero fue Edgar Lemcke, huelguero, poeta y mártir a quien un verduguillo anónimo cercenó la juventud el 20 de julio de 1950. Le siguió Mario López Larrave, el inolvidable talento que dejó en las letras del No Nos Tientes con trazos magistrales, parte de la historia de esta mancillada patria. El tiempo inexorable ha difuminado efigies de las fotografías antañonas; y así como han muerto los años, se ha ido raleando ese grupo férreo de amistad y solidaridad conformado en el bachillerato: las voces operáticas de Mario Pinzón y Julio Molina dejaron de escucharse; el ojo clínico fraterno de Roberto Fuentes se apagó en el altiplano; el intelecto excelso de Piky Díaz fertilizó  la tierra de Santo Tomás; la extensa partitura de Jorge Sarmientos se esparció por las montañas; refulgen en la colina de San José los trazos magistrales y las esculturas monumentales de Efraín Recinos (ahora profanadas por los vándalos); embelesa el rescate total y la belleza sensual de Antigua, creados por Amérigo Giracca; la tarde se transforma en una diáfana acuarela de Elena Paz y Paz.

Reviso las fotografías de nuestros años de juventud y compruebo que ya no somos, ni estamos los mismos. Repito entonces con el filósofo Fernando Savater: “Mi asombro de la muerte es que los que aún estamos, ya no estamos del todo, y de que aún siguen estando los que ya no están”.

 

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