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Ortega resiste porque no tiene otra salida.

El avión descendió en la pista caliente, de la que emanaba un sopor que distorsionaba la vista del paisaje de tierra plana bajo el cielo azul inmaculado, y una voz masculina anunció por los altoparlantes, cuando nos desplazábamos en tierra firme, que estábamos en el aeropuerto Augusto César Sandino, general de hombres libres. La revolución había triunfado, soñaban liberados de la dictadura de los Somoza, aunque los tragos de ron con yerbabuena se sirvieran en mitades de botella recortada y, por la devaluación, se pagara la cena con montañas de billetes sin valor. Descendí por la escalerilla blandengue sintiendo el clima amigable, siempre tan acogedor, y conocí por primera vez el país de Rubén Darío, cuyos restos reposan en la catedral de León bajo un felino de mármol dormido a donde acudí a rendir mis respetos, y también navegué por las isletas de Granada, donde casi me asfixio por tragarme una espina de mojarra. Llegué invitado por el equipo de Daniel Ortega y Sergio Ramírez, cuando Ernesto Cardenal era Ministro de Cultura y todos eran amigos, a la mitad del proceso social que duró una década, cuando ya estaban enfrentando el revés de los ataques de la Contra, y morían nicaragüenses defendiendo una causa que se les enredaba, hasta encontrar la paz en las urnas, derrotados por la realidad de la economía.

Luego fue la piñata, la rapiña, el regreso del empleo, el desarrollo de centros comerciales, el cambio de costumbre de la cerveza Victoria sandinista por la menos amarga Toña. Los nicaragüenses, siempre amables y entusiastas, optaron por la transición con doña Violeta de Chamorro, quien funcionó como una madre intermediadora, y fue seguida por la corrupción de Arnoldo Alemán, quien fue a la cárcel, y por el gobierno liberal sin poder de don Enrique Bolaños, que permeó la vuelta de Daniel Ortega, elegido por un tercio bien organizado de la población, ante la impotencia y asombro de la mayoría. El dictatorial Ortega transó con todos los intereses desde el 2007 y su autoridad hizo funcionar al país, al punto que los opositores se resignaron y la gente se adaptó. Pero bastó una chispa para que se revelara la verdad del ánimo, y hoy Nicaragua está nuevamente en llamas. Ortega resiste porque no tiene otra salida, pero los nuevos mártires coronarán su memoria.

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