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Opiniones de hoy

La misión política de la universidad estatal

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“Cuando la dignidad del hombre está en peligro, el universitario debe hacer po­lítica digna, alta, limpia y hermosa”.

Desde su surgimiento en la Edad Media, las universidades occidentales se vincularon a las necesidades de conocimiento que experimentaban sus sociedades. Pero, por su naturaleza, dicha actividad iba a trascender cualquier inmediatez práctica. Al final, el conocimiento y la reflexión corren parejas con el anhelo espiritual de comprender el mundo y el propio ser. Cuando el doctor Carlos Martínez Durán, el Estudiante Eterno, decía que no se podía entrar en la ciudad universitaria “sin bien probado amor a la verdad y a la libertad” apelaba a ese sentimiento que suele embargar el alma del universitario consciente.

No extraña, por tanto, que las instituciones de educación superior cumplan un papel crucial en la edificación de los cimientos espirituales de una sociedad. El conocimiento es luz y, en consecuencia, libera al ser humano de los prejuicios que surgen de la ignorancia. De ahí que la universidad suela insuflar en sus miembros la indignación hacia las estructuras sociales injustas.

Este sentimiento opera con particular fuerza en la universidad estatal latinoamericana, la cual surge en el traumático nacimiento del período colonial. Aun en momentos de abatimiento, nuestras universidades se han convertido en conciencia crítica. Las universidades nacionales de esta región se vinculan con el desarrollo de los proyectos nacionales, como lo prueba la participación de Simón Bolívar en la fundación de importantes universidades sudamericanas.

Este sentido emancipatorio, propio del conocimiento puro –lo cual no quiere decir inútil– debe ser recuperado ante la creciente presencia de ideas mercantilistas en la universidad contemporánea. La pensadora norteamericana Wendy Brown ha denunciado que esta acometida neoliberal busca una “reconstrucción del alma”, a partir de esos libretos neoliberales que han terminado por hacer de la educación un servicio subordinado a los dictados del mercado.

A la hora de decidir las políticas universitarias actuales, debe lucharse para que los objetivos de innovación sean congruentes con el semblante espiritual de la genuina actividad científica y reflexiva. Las naciones latinoamericanas exigen soluciones para los desafíos del cambio climático y las desigualdades económicas y sociales, tarea que, desde luego, plantea una apropiación con altura de la innovación tecnológica.

La tarea de diseñar la actividad académica es integral, puesto que, como lo decía Karl Jaspers –conciencia de la segunda posguerra alemana– la “universidad es la base sobre la cual la sociedad y el Estado pueden dar lugar a la más clara conciencia de la época”.

Este punto señala la tarea de la Universidad de San Carlos de Guatemala en estos tiempos del colapso definitivo de un Estado nacional que nunca alcanzó a estar vigente. Organizar el nuevo Estado guatemalteco precisa de ideas capaces de conjuntar el legado tecnológico con la búsqueda de nuevos derroteros para una nación que ya no puede seguir viviendo con ideas diseñadas para mantener un papel indigno y secundario en el contexto de una globalización que fomenta la reaparición del fascismo.

La tarea es inmensa, pero la Universidad debe comprometer sus fuerzas más nobles para brindar ese Estado que merece un país asediado desde siempre por la desvergüenza. En cada universitario debe resonar aquella exhortación que proclamaba Carlos Martínez Durán cuando tomaba posesión de la rectoría de la Universidad de San Carlos de Guatemala, el 31 de agosto de 1945: “Cuando la dignidad del hombre está en peligro, el universitario debe hacer po­lítica digna, alta, limpia y hermosa”.

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