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Opiniones de hoy

Nuestra fragilidad a flor de tierra

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De las peores crisis siempre salimos los guatemaltecos más fortalecidos, pero no así nuestro país.

Pareciera ser que la Madre Naturaleza es ajena a la eterna crisis en la que vivimos los guatemaltecos. En un abrir y cerrar de ojos se pierden vidas, se destruye nuestra escasa infraestructura y se borran paisajes. De la noche a la mañana, una postal se convierte en una escena dantesca que siempre, y sin excepción, es protagonizada por aquellos más vulnerables. Durante estos desastres naturales se pone en evidencia la precariedad en la que viven muchos, la cual cobra vida y relevancia hasta que es demasiado tarde.

Este no es el primer desastre natural y no será el último. Guatemala es un país volcánico, sísmico y ciclónico. Podemos estar seguros de que las erupciones, los terremotos y los huracanes seguirán siendo parte de nuestras vidas, como lo han sido durante toda nuestra historia. No somos tan diferentes de Chile, México o Japón; no cuando de desastres naturales se trata. Sin embargo, sí somos abismalmente opuestos en el cómo salimos de las crisis, cómo aprendemos de ellas y cómo reconstruimos lo perdido.

Los huracanes Mitch y Stan dejaron huellas indelebles en nuestra infraestructura, que hacen imposible olvidarlos. Puentes prefabricados “Bailey” –que son de uso temporal y para atender emergencias–, se han convertido en parte de la red vial permanente. La que ha sido sujeta a desfalcos multimillonarios y convertida en la caja chica de un buen número de funcionarios y sus mecenas. Y traigo esto a colación por la sencilla razón que a partir de las guerras y de los desastres naturales, otras naciones han sido capaces de transformarse, reinventarse y cambiar de rumbo. En nuestro caso, solo hemos sido capaces de agudizar el problema, “chapuceando” y atendiendo la emergencia para pronto caer en otra.

Mi sentido pésame para todos aquellos que lamentablemente perdieron seres queridos en esta tragedia. Para quienes los daños son materiales, me solidarizo y estoy convencido de que encontrarán la fuerza y los medios para seguir adelante. Mi admiración y respeto por los héroes anónimos que arriesgan sus vidas, y por los cientos de miles de personas que, sin titubear, salen y entregan todo lo que pueden en centros de acopio y albergues. Los guatemaltecos somos parte, sin duda alguna, de un país solidario y fuerte. No permitamos que esta sea otra coyuntura más; otro desastre que nos une para pronto tomar cada quien su propio rumbo. Este es el momento perfecto para detenernos y darnos cuenta de que así como los desastres naturales no respetan ideología, etnia, clase socioeconómica y género, de igual manera los guatemaltecos somos capaces de dejar por un lado nuestras diferencias y unirnos en un solo frente. Ante la crisis el prójimo se convierte en nuestro hermano, a quien estamos dispuestos a ayudar sin cuestionamientos, sin prejuicios, sin ataduras ni pasado. Una tragedia es capaz de unir a esta sociedad, caracterizada por el divisionismo y la polarización.

Lo que hoy estamos llamados a hacer es darnos cuenta que Guatemala es en sí misma un perpetuo desastre, en el que todos los días sentenciamos a nuestra niñez al subdesarrollo, vedamos un mejor futuro a las nuevas generaciones, y permitimos que se destruya lo poco que nuestros antecesores han sido capaces de construir. No nos hemos dado cuenta de que las víctimas de la corrupción sobrepasan a las de muchos desastres naturales. La diferencia es que unas son visibles y trágicas, y las otras imperceptibles y padecen en el transcurso del tiempo. Debemos enfrentar la coyuntura por la que atravesábamos antes de la tragedia del domingo por la tarde, de la misma manera que atendimos esta: ¡unidos! Solo así superaremos las adversidades, y construiremos a partir de ellas un mejor país.

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