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Opiniones de hoy

La hora de Nicaragua

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Fracasó el canje de beneficios económicos por libertades.

Nicaragua lucha contra una dictadura, no solo protesta contra la corrupción como en Guatemala y Honduras. El régimen más estable de Centroamérica está, sorprendentemente, contra las cuerdas. El clamor de libertad de decenas de miles de jóvenes nicaragüenses, ensordece a la nomenclatura de Ortega, que no entiende la dirección de los nuevos tiempos. La cultura de ejercicio del poder está cambiando en esta zona con la nueva generación, que busca recuperar valores perdidos. Por eso el régimen nicaragüense está rebasado y la filigrana de sus circuitos de control social quedó hecha añicos.

Tras 12 años como jefe de Estado, en 1991 Daniel Ortega perdió unas elecciones democráticas y aceptó su derrota. Entregó la Presidencia a Violeta de Chamorro y se reservó el control de las fuerzas de seguridad blindando su autonomía, según el consejo de su hermano Humberto, el estratega de la revolución sandinista en 1979. En su autocrítica, Daniel comprendió que la movilización de masas y el control del poder duro eran insuficientes para apoderarse del Estado. Desde la llanura, durante la década de 1990, aprendió a cooptar el Poder Judicial, Electoral y, desde luego, el Parlamento. En el nuevo siglo se entronizó en el poder sosteniéndose en esas redes y cambió las reglas del juego para reelegirse hasta donde su salud se lo permita; mientras, garantizó la sucesión familiar con su esposa, Rosario Murillo, como vicepresidenta.

Hasta hace pocas semanas Nicaragua era el paradigma del clima de negocios ideal en la región. Escuché a empresarios del Triángulo Norte de Centroamérica añorar para sus países a un régimen autoritario y pragmático como el de Ortega. Su filiación izquierdista y la sociedad abierta con Nicolás Maduro e Irán (entre otros “demonios”) les parecían apenas anécdotas postizas. Lo relevante para ellos fue que bajo el vertical dominio de Ortega el sistema económico ganaba la imprescindible, aunque personalizada, certeza: hay una sola puerta –no un laberinto como en el resto de países–, y es suficiente entenderse con el encargado de negocios de los Ortega para que las cosas funcionen como relojito. A eso le denominaron “reglas claras” y “certeza jurídica”.

Los Ortega, sus socios y cómplices, quisieron canjear crecimiento económico por libertades, como exitosamente lo hizo China, otro país de capitalismo centralizado. El régimen de Managua dio satisfactores sociales a la población y supo cercar la delincuencia con un sistema de control de cuadras aparentemente infalible. En Nicaragua no se oye, como en los países del vecindario, que las maras controlen territorios o sean los dueños de las cárceles. Estando en la ruta sensible de trasiego de drogas, ni siquiera el narcotráfico es una preocupación de seguridad. Los acuerdos funcionan como en el viejo PRI mexicano, aquel partido poderosísimo que edificó la “dictadura perfecta” de setenta años, con la diferencia que los priístas crearon instituciones y supieron renovar 11 veces, cada seis años, a su “emperador presidente”.

El sistema de poder que moldearon Ortega y compañía configuraba hasta hace pocas semanas una dictablanda. Pero cuando le tocan el nervio a un régimen basado en estructuras de control que sutilmente captura la democracia, más temprano que tarde saca el cobre. Las fantásticas movilizaciones cívicas del pueblo nicaragüense han sido respondidas a sangre y fuego por Ortega. No dudo que la estirpe de ese pueblo, esta vez desarmado, acelera nuevamente la derrota de otro régimen obsceno, violento y torpe.

Es época de revoluciones civiles prolongadas en esta región. Nicaragua no podía quedarse atrás.

 

 

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