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Opiniones de hoy

Dispositivos que alargan la crisis

opinion

La osadía de poner al desnudo, genera riesgos crecientes.

Guatemala sigue siendo una bomba de tiempo. Pero no estallará de un solo; ante nuestra vista las explosiones se dan en cadena, suceden a menudo. Esas son las consecuencias de un régimen de latrocinio sistemático, que así como se enmarañó para reproducirse durante décadas, ahora cae como castillo de naipes. Al desnaturalizarse, ha dejado ver las entrañas podridas y los actores que se adueñaron del modelito como medio para generar poder y capitales.

La osadía de poner al desnudo, genera riesgos crecientes. Nos enfrentamos a oleadas, aunque sus generadores sean los mismos. Los anti-CICIG, los nacionalistas anti-injerencia, los anti-narrativa pro derechos humanos, los negadores de los actos oprobiosos cometidos durante el conflicto armado, los anti-reformas profundas al Artículo 407 del Código Penal, los pro-discursos de disculpas del diente al labio para que todo siga el curso similar al anterior, los que ansían que llegue el período electoral para que el país se ponga en mute y las elecciones sean el momento para acicalar la mutación de la impunidad; los que ignoran el asesinato de Claudia Patricia Gómez y se embelesan con el discurso que proviene de las oscuridades; los pro-concesiones a los militares. Esas y otras banderas son parte del show grotesco en que nos hemos convertido como intento frustrado de sociedad.

Como las coyunturas se caracterizan por la entrada al ruedo de nuevos ingredientes, las dinámicas de los últimos dos años se caracterizan porque el principal artífice que auspicia la narrativa anti-cambios y acelera el caos en que nos encontramos sea el propio Presidente de la República y sus círculos cercanos. Mientras sus antecesores se han caracterizado por enriquecerse a costa de los recursos del Estado, desatender los reclamos de los ciudadanos, vaciar de contenido a las instituciones públicas y generar un rechazo masivo a la política y los políticos; el actual mandatario ha agregado de su propia cosecha: enarbolar, personalmente, la bandera del incendiario; el buscador de la atomización, el provocador de mayor caos, el ungido para encarar el rechazo a la agenda de los cambios.

Para que ese discurso adquiera cierta dosis de adherencia, se apela a tres tipos de acciones: 1) rodearse de los creadores de símbolos, los manipuladores de la fe, los pro-discursos mesiánicos, los despojadores del pensamiento propio; 2) dotar de incentivos a la “institución” que históricamente ha servido de cancerbera, guardián y creadora de cierta capacidad simbólica, el Ejército. Convertirla en más opaca, con recursos ilimitados y virus presente a lo largo y ancho de la administración pública, es el lamentable legado de los últimos seis años; 3) terminar de vaciar la institucionalidad pública, inutilizarla, continuar su cooptación para los objetivos más ruines, llenarla de mediocridad, alimentar las redes de corrupción para que sigan siendo vigentes y vigorosas. Estos son los dispositivos en marcha que alargan la crisis de Estado.

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