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Opiniones de hoy

La osadía perversa: destruir al pueblo palestino

opinion

¿Por qué Guatemala tiene que manchar sus manos en esa sangre?

La rubia Ivanka Trump develó con gracia la placa de reconocimiento a su padre, cuyo discurso sostiene que el traslado de la Embajada de su país a Jerusalén ayuda al proceso de paz. Más tarde, Jared Kushner afirmó que este acto servía para reconocer lo que él llamó “la realidad”, afirmación de la que hizo eco Nikki Haley: reconocer “la realidad” permitirá avanzar con “la paz” (sí, una paz entre comillas). Los trajes, los discursos, el champagne, la reluciente Jerusalén en orden y segura, es parte de esa “realidad” que pueden ver y reconocen gente como Trump, Netanyahu y los fanáticos religiosos que tomaron la palabra. Cada uno representa bien un estamento del poder puro y duro. Ese poder que no reconoce más realidad que su propia imposición.

A pesar del peso del poder, la realidad nunca fue monolítica. Aquel mismo día, a esa misma hora, miles de palestinos desafiaban el muro que los aprisiona en la estrecha franja de Gaza. Murió medio centenar. Los palestinos no siempre fueron estas personas desesperadas. Hace 70 años apenas, vivían en su territorio, en sus casas, en sus actividades diarias. Cuando el “orden internacional” decidió entregar parte del territorio donde habitaban a los judíos, se produjeron dos hechos muy graves: una ignominiosa masacre en un callado pueblo, tan horrenda que provocó el éxodo de cerca de 700 mil palestinos. De allí en adelante, nunca hubo paz. La famosa guerra de los seis días dejó a los judíos en posesión de cerca del 80 por ciento de la tierra que antes les pertenecía a los palestinos. Y con la contundencia de estos hechos, hoy podemos afirmar que los judíos viven y desarrollan su muy publicitada democracia sobre un territorio ocupado, donde abusan de manera constante de una población vulnerable y desprotegida a la cual están llevando a un estado de desesperación. Y no sin razón: en la estrecha franja de Gaza casi no hay agua potable, electricidad solamente cuatro horas al día, viven allí cerca de 2 millones de personas, el 44 por ciento no tiene empleo, no pueden transitar libremente, ni comerciar libremente porque no son libres.

Todos estos datos se encuentran en el sitio Breaking the silence que han armado los propios soldados judíos que decidieron no convertirse en cómplices de un régimen que basa su seguridad y “democracia”, en la destrucción inhumana de un pueblo sometido. La descripción de los abusos no difiere de lo que ya escuchamos a muchos judíos contar de sus experiencias en los guetos alemanes: racismo, humillación, robo, destrucción injustificada, crueldad sin límite. ¿Se repite el holocausto?

Por estas crudas razones, el nombre de Guatemala no puede ser arrastrado para respaldar una osadía perversa: consolidar mediante gestos simbólicos la aniquilación del pueblo palestino. Esa sangre no tiene por qué estar en nuestras manos. Y, menos aún, cuando se trata de una decisión basada en las bajezas que ya conocemos y apoyada en la presunta voluntad de dios. ¿Qué dios querría eso?

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