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Opiniones de hoy

Crónicas de Santo Domingo

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El cruce de miradas entre Colón y  los habitantes de nuestro continente.

Asistir a la Feria Internacional del Libro en Santo Domingo fue una experiencia interesante porque se trata de una ciudad profundamente vinculada a nuestra historia. La enorme escultura de Colón que se yergue en una de las preciosas plazas de la llamada “ciudad Colonial” habla de aquel viaje trascendente que permitió a los ojos europeos descubrir por azar un continente inédito. Más de 500 años después, la historia necesita ser revisada. Los europeos venían con la cabeza llena de ideas que constituían su cultura. Y este peso cultural les impidió hacer de aquel descubrimiento suyo (porque los habitantes del continente no necesitaban que nadie los “descubriera”), un encuentro, mutuamente enriquecedor.

En lugar de procurar el encuentro, los que llegaron se dedicaron de manera explícita a dos cosas: “civilizar” y “evangelizar”. Pero, de manera implícita el objetivo político y económico fue el de mayor peso. Los viajeros venían para tomar. Y el peso de este objetivo convirtió la llegada de Colón a nuestro continente en una historia negra. Una historia de depredación que forma parte de esa horrenda secuela de dominaciones que Europa lideró sobre un mundo que nunca respetó, ni hizo el esfuerzo por comprender. Su interés fundamental fue robar las riquezas locales para construir su propio poderío. Curiosamente, hoy los países europeos se ven acosados por los migrantes de aquel tercer mundo que ellos ayudaron a construir y, encima, se dan el lujo de discriminarlos por pobres, por su falta de educación, por su violencia. Todo ello, fruto de la estructura de poder que impusieron. El karma existe.

Santo Domingo está marcado por aquella historia: la preciosa catedral hecha con piedra coralina de un prístino color ámbar, ostenta el tradicional escudo del águila bicéfala unido al de la simbología de la Iglesia Católica. Iglesia y monarquía, un rudo tatuaje sobre los edificios públicos en una era que no conocía la separación de ambos. Durante la colonia, se aliaron para implementar un sistema de dominio sobre aquel continente que los viajeros que llegaron de Europa se tomaron el derecho a bautizar con el nombre de América.

La ciudad está amurallada porque las riquezas del continente (que tan implacablemente eran obtenidas utilizando el trabajo esclavista) eran también codiciadas por los piratas que rondaban las costas del Caribe como tiburones al acecho. Fueron tan efectivos que en su momento más boyante obstruían el comercio con España y robaron tesoros que solamente la fantasía puede recrear. Santo Domingo tiene la virtud de devolver nuestro pensamiento a ese momento crucial cuando se produjo el cruce de miradas entre Colón, y su tripulación europea, con los habitantes de aquellas costas que nunca imaginaron las consecuencias del encuentro.

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