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Opiniones de hoy

Una reforma largamente deseada

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De pronto, los individuos plenamente libres, sin un firme anclaje social, se sienten perdidos en un mar ajeno y siempre cambiante.

La Cámara de Diputados del Congreso Federal Mexicano aprobó el pasado jueves una iniciativa de reformas a la Constitución para eliminar la inmunidad del presidente de la República, de los legisladores y de todos los funcionarios de los tres niveles del Gobierno. La noticia ha sido recibida con satisfacción por todos los mexicanos. El “fuero constitucional”, que originalmente protegía la libertad parlamentaria, se fue ampliando gradualmente, para cubrir no solo las palabras de los legisladores, sino también sus conductas y las de un número creciente de funcionarios gubernamentales. La ampliación del privilegio del juicio político (antejuicio en Guatemala) da lugar a claros abusos, que permiten la rampante impunidad de los gobernantes, transformada ya en una verdadera casta privilegiada.

En un Estado liberal, republicano y democrático, todas las personas son iguales ante la ley y por lo tanto no deberían existir privilegios por razón alguna.

En el siglo XIX, la lucha de las facciones conservadoras y liberales en nuestros países podía resumirse en las frases “religión y fueros” por unos y “libertad e igualdad” por los otros. Los conservadores deseaban mantener la tradición colonial española, de carácter corporativista, en la que cada estamento, gremio o corporación tenía sus fueros particulares. Durante trescientos años, afirmaban los conservadores, se había mantenido la paz y el orden y estos países habían construido instituciones sólidas que sirvieron bien a la sociedad. ¿Para qué cambiar? Los liberales, en cambio, proponían una sociedad en la que todos los habitantes serían libres e iguales ante la ley: una sociedad en la que no existieran privilegios y en la que desaparecieran las llamadas corporaciones civiles o religiosas. En fin, una sociedad formada por individuos física y socialmente móviles. Individuos sin más ataduras que las que ellos mismos contrataran bajo la ley. Cada uno sería el verdadero y auténtico piloto de su vida y el único responsable de ella.

Si la iniciativa de reforma constitucional aprobada el pasado jueves en México logra superar los siguientes obstáculos procedimentales y se modifican los artículos relevantes de la Constitución, quizás podría decirse que el país ha llegado finalmente a la meta formal que la facción liberal de 1857 soñaba: la abolición de los fueros y privilegios y la plena igualdad de todos los mexicanos ante la ley.

Y sin embargo, en este 2018, no solo México, sino una gran parte del planeta se está moviendo en la dirección contraria a la visión liberal clásica. El presidente francés, Emmanuel Macron, advertía sobre el peligro de los crecientes nacionalismos populistas en Europa. La ex secretaria de Estado estadounidense, Madelaine Albright, nos prevenía hace pocas semanas contra el resurgente fascismo en el mundo.

Líderes autoritarios como Viktor Orban, en Hungría; Jaroslaw Kaczynski, en Polonia; Vladímir Putin, en Rusia; Recep Tayyip Erdogan, en Turquía; o Donald Trump, en los Estados Unidos, aprovechan el desencanto de millones y millones de seres humanos que no encuentran en sus vidas la satisfacción que la plena libertad personal les había prometido. De pronto, los individuos plenamente libres, sin un firme anclaje social, se sienten perdidos en un mar ajeno y siempre cambiante. El sociólogo francés Emile Durkheim describió hace más de un siglo cómo esa situación de “anomia” produce un enorme malestar, que lleva muchas veces a las personas a tomar decisiones destructivas.

Eliminar los privilegios es un desiderátum liberal, pero, igual que en los cuentos de lámparas maravillosas y genios poderosos, es vital asumir una actitud prudente y reflexiva, para no arrepentirse de las consecuencias, no previstas y no deseadas, de la realización de nuestros más caros deseos. No nos dejemos llevar tan fácilmente por el entusiasmo irreflexivo de reformas largamente deseadas.

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