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Opiniones de hoy

La entrañable Margarita

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¿Quién muere libre? Quien acepta la responsabilidad de sus propios actos.

La muerte de una humanista es motivo de un duelo sereno. Una vida que llegó a su total culminación. Bien vivida porque le sirvió para aprender, enseñar, amar, crear, aceptar la propia oscuridad y transformarla en esa sabia sencillez de las almas grandes. Ninguna soberbia, ni ofensiva imposición. Solamente la suave despedida.

Conocí a Margarita en un momento complejo para mí: me estaba divorciando, tenía dos hijos pequeños y un enredo en la cabeza. Di un giro inesperado al timón de mi automóvil una mañana. Mi impulsivo desvío fue para inscribirme en la facultad de Letras de la Universidad del Valle. La primera clase la recibí con Margarita y comprendí que la decisión sería salvadora. De su mano recorrí la obra de Homero, palabra a palabra, porque Margarita no me hubiera permitido perderme ese gozo. Tengo marcados los énfasis de su mirada. Ella amaba la Grecia presocrática, una era que Nietzsche llamó “dionisíaca”. Y yo, aprendí de ella aquel amor. Luego vino la profundización en la tragedia griega con Esquilo, Sófocles y Eurípides y entonces hablamos de Freud, a quien (con aquella atractiva desfachatez que la caracterizaba), ella llamaba su padre. Nos adentramos en la oscuridad del alma humana y ella nos acompañó, como Virgilio lo hizo con Dante.

Margarita me enseñó lo hermosa que puede ser una mujer intelectual, apasionada por sus ideas, rigurosa en el trabajo, exigente, pero llena de comprensión. Como escritora fue siempre un ejemplo a seguir: ni un solo día dejó de escribir porque su disciplina no era un calabozo, sino la persistencia de quien ama su oficio.

Tuve la suerte de haber consolidado con Margarita una preciosa amistad. Nuestras conversaciones eran largas y servían para desnudar el alma. Con frecuencia me hablaba de su propio camino. De cómo había tenido que batallar con sus demonios internos para convertirse en la mujer que era. La llave liberadora en aquel proceso había sido asumir la responsabilidad de sí misma, madurar, crecer. Y de todas sus enseñanzas, esa fue la crucial. Porque fue de ella que aprendí que para construir la propia libertad no existe otro camino que ese: verse con honestidad, asumir la responsabilidad de los propios actos.

Margarita se llevó a su tumba una vida llena de reconocimientos. Disfrutaba mucho de eso, pero sin soberbia. Más bien, lo hacía con la inocencia de una niña. Desde ultratumba los seguirá cosechando porque ella es inolvidable. Pero, si la conocí bien, lo que más la llenará de júbilo, a donde sea que haya marchado su alma, será la amistad que pudo sembrar en tanta gente. La Margarita que voy a extrañar es la poderosa amiga: generosa, comprensiva, inteligente. Me resultará difícil pensar en ella como alguien que murió, porque siempre estuvo tan intensamente viva. Y su obra más refinada fue esa: su propia existencia.

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