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Opiniones de hoy

Ríos Montt y la polarización que no cesó

opinion

La incapacidad intergeneracional de pasar la página.

El pasado domingo, recién terminando el descanso de la Semana Santa, Guatemala amaneció con la noticia del fallecimiento del general Efraín Ríos Montt. Cual mensaje poético que el respiro de unos días había terminado, rápidamente la discusión en redes sociales sobre el legado histórico del exjefe de Estado mostró la polarización exacerbada que impera en el país.

Por un lado, para los sectores afines a Ríos Montt, su legado es haber derrotado militarmente la amenaza que representó la guerrilla marxista durante 1982. En torno a esa idea central, se aplaudía su rol como hombre de Estado, comandante militar, líder político “con huevos”, y mil y un atributos más. Para este grupo, el General murió libre, y su fallecimiento “frustró las aspiraciones de obtener resarcimiento por parte de los vividores del conflicto”.

Del otro lado, los sectores antagónicos, señalaban la responsabilidad de Ríos Montt –aunque sea por cadena de mando– en las masacres ocurridas durante los años 1982 y 1983. Sobre esa idea central, le vilipendiaban ser el responsable del Genocidio Ixil (tipificación legal con la que no comulgo dada la dificultad de demostrar una “intencionalidad” activa de parte de las fuerzas del Estado en eliminar total o parcialmente al pueblo ixil). Para este grupo, Ríos Montt “murió condenado por Genocidio, porque la resolución de la CC que ordenó repetir el juicio, fue ilegal”.

Así, más o menos, se resume la polarización que genera Ríos Montt. Blanco y negro. Sin lugar a interpretaciones grises o reconocimientos de culpas o logros, de un lado y del otro.

Por ejemplo, los detractores del General olvidan que sin los eventos del 23 de marzo de 1982 y posteriores, la transición democrática de Guatemala probablemente hubiera tardado años en llegar. O que Ríos Montt realmente redujo el nivel de violencia contra la población civil, en comparación con los tiempos de Lucas García. Pero del otro lado, se olvida que hubo abusos contra la población civil, masacres, violencia y violaciones severas a los derechos humanos.

Lo que resulta más preocupante es que a 35 años de ocurrido, como sociedad somos incapaces de sostener un debate profundo –con sus múltiples grises, tonos y bemoles– sobre el conflicto armado y el rol de personajes clave en el mismo. Hay quienes dicen que el tiempo lo cura todo, y que en las sociedades posconflicto, el paso de las generaciones ayuda a sanar las heridas. Pero en Guatemala, pareciera que la polarización se mantiene y se exacerba con los años.

Resolver el dilema requiere de un esfuerzo amplio. Primero, sostener un debate profundo sobre el modelo de justicia transicional. Hasta el momento, las dos recetas aplicadas han quedado cortas. La amnistía –formal y de facto– deja a las víctimas y sus familias en estado de indefensión. Pero los procesos judiciales por violaciones a los derechos humanos, si bien contribuyen a la búsqueda de la verdad y la reparación, no necesariamente han contribuido con la paz social. Encontrar los ingredientes de una receta que genere justicia y armonía social sigue siendo una tarea pendiente.

Segundo, se requiere de un esfuerzo social por superar los prejuicios y la polarización. Vivimos quizá la mayor contradicción de la era tecnológica: usamos plataformas del 2018 con un discurso de 1950. Los calificativos de comunistas y fascistas están a flor de piel, aunque ambos hayan quedado enterrados en los libros de historia del siglo XX. Superar los prejuicios y anular a los extremos radicalizados debe ser una tarea a implementar en el debate nacional, de lo contrario, las siguientes generaciones seguirán arrastrando los discursos de antaño.

Hasta ahí me llegan las ideas. Sinceramente, cada día me cuesta ver cuál es la receta para sanar las heridas del conflicto. Pero si no lo hacemos, como sociedad no vamos a llegar muy lejos.

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