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Opiniones de hoy

Esto huele a dictadura

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No tienen otra manera de contener los cambios.

Jimmy Morales y el hijo del alcalde, Álvaro Arzú, ahora presidente del Congreso, lo dijeron todo (y nada) el 14 de enero. En política los símbolos comunican. Primero fue el despliegue de un cordón militar, con armas de asalto, fuera de toda proporción, en el circuito de la Casa Presidencial y del Congreso, para alejar a la población que salió a protestar. Y, segundo, expresión verbal de lo anterior en la sesión del Congreso: un Jimmy Morales aferrado a la confianza que los electores le depositaron en las urnas en 2015, que ya perdió, porque la traicionó. Los tiranuelos, al perder el apoyo popular se refugian en los fusiles, el soborno y la delación.

Álvaro Arzú, el hijo, dio unas palabras apegadas al fundamentalismo. Muestra de esas escalofriantes cruzadas que cada vez más se entremezclan en la función del Estado laico en pleno siglo XXI. Como aquel jefe de policía que antes de emprender las matanzas de civiles, pedía la bendición divina y oraba con sus oficiales en el palacio de la PNC, ahora sede del Mingob. El propio pastor, un megamillonario, le auxiliaba, e increíblemente estaba anotado en la planilla del Mingob por el servicio.

La moralidad –a la que tanto aludió Arzú, el hijo– pertenece al campo de lo privado. Tras la bandera de la moralidad, a los ultraconservadores les encanta juzgar la cama del prójimo, claro está, muchas veces, con cinismo, pues tras bambalinas practican lo contrario a lo que predican. (Igual, a los ortodoxos de izquierda les fascina meter al Estado en todos los campos: otra manera de ser totalitario.)

Pero en la función pública, como bien enseñó Weber hace un siglo, los estadistas gobiernan mediante un código fácil de distinguir: la ética de responsabilidad. El deber, la misión del gobernante de salvar históricamente a su comunidad, elevando su dignidad, haciendo viable al Estado. Los Arzú (papá e hijo) y Jimmy Morales se refugian en una supuesta moral conservadora para eludir sus responsabilidades en la consumación de un Estado fallido, o, como no tuvo que haberlo dicho Trump, porque no es “políticamente correcto”: “países de mierda”, hechura plena de la oligarquía que los Arzú representan, en cuyo proyecto Jimmy Morales se volvió comparsa.

Arzú, el hijo, reclama obligaciones ciudadanas, subordinando los derechos constitucionales. Claro, son obligaciones para los habitantes que están más fregados; la niñez más desnutrida del hemisferio; la población económicamente activa con más altos niveles de pobreza e informalidad. Los derechos (privilegios), en cambio, son para quienes, como su papá, han empleado los fondos públicos como chequera personal. Que extorsionan a los constructores. Que hacen de Empagua un cascarón, mientras la ordeñan para beneficio propio. Que compran a precio de quemazón propiedades en distintas zonas de la capital donde los proyectos municipales les harán ganar plusvalía. Apalancados en la corrupción y la captura del Estado, no cuesta hablar de obligaciones para los demás.

En resumen, lo que Jimmy Morales y Álvaro Arzú, el hijo, dijeron el domingo es que se aferrarán a su poder espurio, que ya les permite el control de dos poderes del Estado, y que su intención es ir por más: Cortes de justicia, MP, Contraloría y gobiernos municipales. Querrán instaurar una dictadura, pues no tienen otra manera de contener los vientos de modernización del siglo XXI.

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