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Opiniones de hoy

Las virtudes olvidadas

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El país ya no es el de antes –dijo desde el inframundo– pues ya se olvidaron los viejos valores y virtudes.

Es un privilegio en esta tierra el que un patojo pueda convivir y disfrutar a plenitud de sus cuatro abuelos. Yo no tuve esa suerte pues el abuelo paterno se fue cuando rebasaba los 50 años; nunca se supo si por una viudez de más de diez años o a lo mejor fue el coñac  con el que trató de mitigar los momentos de soledad. Del abuelo materno casi ni me acuerdo pues se ausentó en vísperas de mi cuarto cumpleaños cuando un infarto masivo lo ahogó, cuando revelaba fotografías en el cuarto oscuro. Solo tuve relación con las dos abuelas; una de ellas: doña Luz, la tía que crio a mi tata, al que una neumonía le había arrebatado a la madre.

Así fue como la abuela Luz siempre estuvo en todo: cuando presenció la pescoceada que me propinó un patojo frente a la Merced; el día en que me hicieron tragar un remedio para las lombrices que me hizo echar las tripas; la noche en que los huelgueros me rifaron en el estadio Mateo Flores, siendo la abuela Luz la que me envolvió en papel celofán y me colocó una moña roja entre las dos orejas; la mañana del Día de los Santos, cuando nos dejaba entresacar del fiambre, la lengua, los chorizos y las butifarras; y por último para el final de la Novena del Niño, nos dejaba somatar las caparazones de tortuga para dejarnos saborear el ponche con piquete. Pero esta vez se asomó cuando menos la esperaba.

Como era el principio del ciclo escolar y a los nietos les gustaba el escarabajo antiguo que utilizaba como transporte y que ya vendí porque ya no podía manejar me ofrecí para llevarlos al colegio. La modesta carcacha se fue colando entre camionetotas con vidrios polarizados y vehículos de modelo reciente, hasta que pudo estacionarse a varios metros del establecimiento. Después de despedirme alegremente, me topé con Juan Francisco Borrayo –don Pancho como le dicen los alumnos– quien ha sido guardián por muchos años del colegio.

Para mi sorpresa don Panchito platicaba con una anciana baja y regordeta, blusa de medio luto y falda larga negra, botines y paraguas, a la que reconocí en el instante: era la abuela Luz rediviva, quien se quejaba ante el pobre hombre de todo lo malo que sucedía: la descortesía de los adultos; la malacrianza de los muchachos; la prepotencia de los tatas protegidos por guardaespaldas que en lugar de sonrisas, mostraban feroces metralletas. El país ya no es el de antes –dijo desde el inframundo– pues ya se olvidaron los viejos valores y virtudes.

Don Panchito, con sonrisa franca, respondió con calma: hay un pueblecito en Chimaltenango, que aún conserva lo que hace falta en este remedo de ciudad. En ese pueblo llamado Santo Domingo Xenacoj abundan: la ética, educación, moral, integridad y dignidad. Allí se encuentran los valores ya olvidados. Doña Luz, la vieja abuela, abriendo su gastado paraguas color de caldo de frijoles, se fue bajo la llovizna y el frío del mes de enero, al encuentro de las virtudes de ese pueblo y de su gente.

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