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Opiniones de hoy

Atentado terrorista en Nueva York

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El pasado martes 31 de octubre, en Nueva York, EE. UU., un individuo, a bordo de una furgoneta, atropelló intencionadamente a varias personas que circulaban por un carril de bicicletas en el barrio Tribeca, dejando un saldo trágico de, por lo menos, ocho muertos y 12 heridos, algunos de los cuales quedaron en estado de suma gravedad. Ha trascendido que cinco de las personas fallecidas eran argentinas y una belga.

Este atentado criminal ocurrió dos meses y medio después (17 de agosto de 2017) del ataque terrorista en Barcelona, España, en donde murieron 15 personas y 131 resultaron heridas.

Este nuevo acto violento se suma a la larga lista de desgracias derivadas de la confrontación, la intransigencia y el espíritu guerrerista que impera en esta etapa de la Historia de la Humanidad, que, lamentablemente, siguen traduciéndose en tragedias, sufrimientos, tristeza, llanto y horror. Ha vuelto causar el repudio, la indignación y la consternación en todas las sociedades y comunidades civilizadas.

Lógicamente, el atentado criminal y cobarde en Nueva York ha provocado una vez más la alarma general en los EE. UU., en Europa, en América Latina y en el mundo entero, lo que, indudablemente, se traducirá en nuevas medidas de seguridad y restrictivas de la inmigración extranjera.

En estos momentos de dolor y pesar nos solidarizamos con el pueblo y gobierno estadounidense y, especialmente, con la comunidad neoyorquina. Asimismo, elevamos nuestras oraciones al Creador por los fallecidos y por los que están sufriendo y guardando luto por sus seres queridos, para que les dé fortaleza espiritual y les ayude a encontrar la resignación y a recuperar el optimismo y la esperanza.

Sin duda, la provocación, la intolerancia y la violencia engendran odio, rencor, venganza, destrucción y muerte. Por tanto, no contribuyen a la paz, sino que inexorablemente conducen a la confrontación y al horror del enfrentamiento armado, con toda su cauda de sufrimiento, desazón y pena.

En todo caso, las consecuencias de los choques violentos invariablemente han sido devastadoras y catastróficas para la humanidad. Nunca han sido constructivos ni han alentado una mejor convivencia humana.

La sociedad guatemalteca no es ajena a esta vorágine de violencia y, por ende, vivimos atribulados en medio de la efusión de sangre, causada por la terrible incomprensión y la imposibilidad de resolver nuestras diferencias de manera pacífica y civilizada. Lamentablemente, seguimos siendo raudos en la diatriba, la grosería, la impaciencia, el abuso, la intolerancia, la amenaza y el diálogo de las pistolas.

La no violencia construye puentes de comunicación, entendimiento, razonabilidad y transigencia. En ese contexto, los problemas y las disputas se resuelven o dirimen en un contexto de cooperación inteligente, de diálogo constructivo y de buena voluntad, por supuesto en un ambiente de comprensión, paz, armonía en la diferencia y respeto.

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