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Opiniones de hoy

Odisea del veinte

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Los muchachos de último año rechinan las botas sobre el embaldosado y martillan los fusiles que ya no están al servicio de la dictadura.

El relojón de la Catedral marca las seis y media de la tarde del jueves diecinueve de octubre. Del parque Colón y ante la mirada del descubridor, llega la gritería. Entre la vocinglería se escuchan las voces aguardentosas de campesinos acarreados a la capital para apoyar al candidato espurio a la presidencia de la República. ¡Viva Ponce!, gritan algunos. ¡Arriba Ponzo!, los secundan otros. ¡Arriba mi General!, aúllan los oficialistas.

Son casi las dos de la mañana del viernes veinte de octubre. Las hermanas se despiertan con lo que ellas creen que, son bombas de mortero en honor de la vecina, la Virgen del Rosario. El viejo pomponea la puerta del Cuarto de los Cachivaches en el que duermo desde el día en el que ingresé al Instituto Nacional Central para Varones. Cuando se da cuenta de que son cañonazos de verdad dirigidos hacía el cuartel San Rafael de Matamoros, hace que coloquemos varios colchones para proteger los balcones que dan al patio y a la calle. Con el amanecer llega la alborada revolucionaria, y ya entrada la mañana se interrumpen las marchas militares, para dar lugar a un comunicado que anuncia que el gobierno espurio se ha rendido y llama al pueblo para acuerpar el movimiento libertador.

Son casi las doce del día cuando traspongo el portón del Instituto Central. Los muchachos de último año rechinan las botas sobre el embaldosado y ‘martillan’ los fusiles que ya no están al servicio de la dictadura. Hago fila para enlistarme en la Guardia Cívica, pero cuando me ven de pies a cabeza: los hombros escuálidos, las rodillas juntas y los pies planos, me rechazan y me envían a dirigir el tránsito desde un cajón de policía, protegido por una sombrilla desteñida, en la encrucijada de la novena avenida y octava calle. Desde ahí dirijo el tránsito con un silbato de barro.

Veo pasar hacia el oriente a una patrulla militar y grito entusiasmado: ¡Viva la Revolución! El teniente que porta una bandera blanca de rendición, me responde airado con una madreada: ¡Tu madre patojo! Un voceador anuncia el diario de la tarde que muestra las efigies de Toriello, Árbenz y Arana, los héroes revolucionarios. Son las seis de la tarde y entro a mi casa, como que si hubiera librado una feroz batalla.

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