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Opiniones de hoy

La Patrona de mi tierra

opinion

La cohetería y las bombas de mortero anuncian la fiesta de Nuestra Señora del Rosario.

 

De esto hace muchos años –tal vez setenta y pico. Yo dormía en lo que se llamaba el Cuarto de los Cachivaches en el patio trasero de la casa, cuando me despertaron los toquidos en la puerta. Después del baño a guacalazos en la pila, me vestí a la ligera, solo para encontrarme con mis viejos, ya listos para ir a la misa de seis en la iglesia de la Merced en donde nos juntaríamos con la abuela Luz y las tías, para asistir a la misa con la que se conmemorarían los no sé cuántos años que cumpliría el abuelo José que se había ido muy temprano.

Al llegar al crucero de la quinta calle y once avenida, nos encontramos con la fachada monumental con sus dos elevados campanarios y sus tres puertas, coronada la puerta central por el relieve en piedra de San Juan Bautista echando agua sobre la cabeza de su primo Jesucristo.

Cuando estábamos al lado del altar mayor, mi madre me mostró a la Virgen del Socorro, pequeña, delicado el rostro enmarcado por una corona, triste la mirada, presintiendo el destino trágico del crío; el índice y el medio de la mano derecha sosteniendo el pecho izquierdo descubierto, mientras el niño acariciando el seno, busca con labios ávidos la leche que lo convertiría en hombre.

Después se presentaron otras: la de los Desamparados con su ramo de azucenas al que besan dos patojos; un chivo a sus pies, y dos curas flanqueándola, uno con un libro, el otro con una trompeta. Conocí luego a la de Chiquinquirá a la entrada de La Merced en el primer altar de la izquierda; al fondo en el altar mayor, la de Mercedes, morena, chiquita, risueña y bondadosa.

Me acostumbré a llamarles Señoras, al recordar un grabado –de mi abuela–representando a la madre del redentor, la sonrisa amable y los ojos tiernos, luciendo orgullosa un embarazo de casi nueve meses.

La cohetería y las bombas de mortero anuncian la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Me detengo para hacer una reverencia ante el bronce que recuerda el sacrificio impune de la indefensa antropóloga, la mártir Myrna Mack. Ya en la 12 avenida, veo a doña Paca, confundida entre unas ollas de atole de elote, ofrendando tostadas, chuchitos y tacos sobrenadando en una salsa insuperable. Después de saborear la pepitoria de Chico Par, los chilacayotes de doña Lina y a los tamales de arroz de doña Sofía, abrazo a Luis y beso a doña Amanda –hoy en silla de ruedas– cuando le compro las tres veladoras que acostumbro ofrendar al Sepultado, a Señora Santa Ana y a la Señora del Rosario. Salgo del templo esquivando los vehículos irreverentes que, se cuelan imprudentemente en el atrio que antes era sólo para los devotos feligreses.

Sentado en una banca del Portón de Santo Domingo alguien me llama: –Rato de no verte, mi querido compañero de la escuela de Medicina, tomemos un vaso de atol de elote con sus granitos de maíz, y disfrutemos de una tostada con guacamol, como lo hacíamos cuando vivíamos en la octava calle–. Reconozco al amigo entrañable, el estudiante diligente, el católico ferviente; me siento a la vera de Jorge Malouf Gabriel, y juntos gozamos del atol de elote y las tostadas con guacamol, la inigualable comida de octubre. Con un: –Nos vemos en el crucero de la octava y décima– lo abrazo y lo dejo con su sonrisa amable, rememorando nuestros gratos días de estudiante.

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