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Opiniones de hoy

Secuestrado en Casa Presidencial

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La compleja posición del Presidente Morales.

 

Conocí a Jimmy Morales en marzo del 2015, cuando le entrevistamos en radio junto a Juan Carlos Sandoval. En esa oportunidad, cuando ni siquiera parecía remota la posibilidad de ganar la Presidencia, Morales se presentó como una persona sin mayor conocimiento de la administración pública, pero con buenas intenciones. Luego, en noviembre 2015, tras haber ganado la Presidencia, tuve la oportunidad de entrevistarlo junto a Estuardo Zapeta, y la imagen que proyectó era de un personaje sin mayor conocimiento de cuestiones de Estado, sin una dirección clara de hacia dónde llevaría su Gobierno, dependiente de las propuestas de sus ministros de Estado. Desde ya, Morales mostraba una clara molestia cuando se le cuestionaba públicamente sobre temas polémicos, como su relación con los militares del partido FCN. Aun así, la mayor parte de personas coincidía en que Morales parecía ser un “buen tipo”.

Tras 20 meses de Gobierno, una severa crisis política y los niveles de aprobación más bajos para un Presidente en su segundo año de gestión, Morales proyecta una imagen más preocupante: la de un secuestrado con síndrome de Estocolmo.

El problema tiene raíces mayores. Desde el inicio, su deseo de integrar un Gabinete de altísimo nivel fracasó. Los ministros y asesores con más experiencia, conocimiento técnico e imagen pública competían en su intento de asesorar al mandatario con un grupo de exoficiales militares al que pasó a conocérsele como la Juntita. Quienes conocen los procesos de toma de decisión interna en el Ejecutivo atestiguan la forma en que Morales se dejaba influenciar en última instancia por los consejos de ese grupo de asesores bajo la sombra.

De esta forma, Morales empezó a dar validez a una serie de interpretaciones conspirativas: 1) Que la prensa le atacaba porque el Gobierno ya no pautaba; 2) Que se fraguaba un golpe en su contra (idea que esbozó en febrero pasado); 3) Que la CICIG, el MP y el Embajador Robinson eran parte un plan para instaurar una agenda socialista;

4) que las investigaciones judiciales tarde o temprano le llegarían a él. Al mismo tiempo, tomó decisiones contrarias a su discurso de campaña. El nombramiento de Sherry Ordóñez a pesar de los reparos en su contra o no cuestionar la integración de tránsfugas a la bancada FCN-Nación, por mencionar algunos casos.

A partir de enero 2017, Morales fue encerrándose en su propio cautiverio. El caso contra su hijo y hermano le hizo romper toda relación con MP y CICIG. La relación con actores y sectores relevantes del país se fue haciendo más compleja. Morales dejó de interactuar con actores representativos y empezó a volcar sus relaciones con personas en lo individual, olvidando aquella premisa que en política la articulación siempre ocurre con grupos organizados.

A partir de agosto, la actitud de Morales vino en picada. Sin escuchar voces externas, accedió a un plan para declarar “non-grato” al Comisionado de CICIG. Se enconchó y dejó de hablarle a la Prensa. Se mostró ambivalente en su pronunciamiento sobre los Decretos de Impunidad. Al mismo tiempo, al sentirse solo, optó por salir a buscar potenciales aliados (cosa que no había hecho durante los 20 meses de Gobierno). Primero fueron las bancadas del Congreso; luego Álvaro Arzú, la ANAM y algunos alcaldes. Luego los militares y los ganadores del nororiente.

Mientras eso ocurría, en diversos espacios mediáticos y públicos, se le planteaban una serie de salidas. Dirimir las diferencias con CICIG y MP a través del diálogo, oxigenar su Gabinete, alejarse de la Juntita militar y encauzar una Agenda de Consenso. Sin embargo, Morales ha desoído las recomendaciones y ha optado por mantenerse leal a sus captores.

Luego de un mes de decisiones y actuaciones erróneas, tanto en fondo como forma, el consenso generalizado es que Morales se dejó secuestrar por un círculo perverso de asesores, quienes lo han llevado a este callejón sin salida. Lo que es peor, conforme la crisis se agudiza, la actitud del Presidente es la de un hombre emocionalmente destruido. Preocupado por la situación jurídica de su hijo y su hermano, enfrentando acusaciones por financiamiento electoral y ahora el bono militar, sin mayores aliados relevantes, y bajo la presión local e internacional, Morales se ha atrincherado junto a sus captores.

Peor aún, parece que el cautivo muestra señales de síndrome de Estocolmo. En lugar de buscar tender puentes con actores relevantes, atender las recomendaciones de romper con quienes le llevaron a la crisis, su expresión de lealtad es considerar a miembros de ese círculo para las carteras de Finanzas, Gobernación y Defensa.

La única salida de corto plazo es romper el cautiverio, escapar al secuestro (o apoyarlo a rescatarlo de sus secuestradores) y hacerle frente al síndrome de Estocolmo.

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