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Opiniones de hoy

Sentido común (IX)

opinion

La perpetua minoría de edad de algunos.

 

Algo bien notable de la vida pública de hoy es la presencia vociferante y a veces muy violenta, de hombres y mujeres adultos que se comportan como adolescentes.

Un adolescente sin rumbo es legalmente inimputable porque se supone que carece de la madurez del adulto plenamente responsable por las consecuencias de sus actos. En otras palabras, no se le considera en sus actos del todo libre por su falta de autocontrol y experiencia.

Esto es lo que más resalta entre los hombres-masa que parecen no haber crecido lo suficiente.

Ese tipo de hombre suele estar presto a juzgar y condenar; el “selecto”, en cambio, se toma su tiempo y suele empezar por la crítica de sí mismo.

Iván Velásquez, reitero, es un hombre enteramente masa. Por eso cuenta con el aplauso instantáneo de quienes se le asemejan. En consecuencia, disfruta tanto de condenar a otros a voluntad y de salirse con la suya.

Un majadero que actúa como cualquier otro.

Esa permanente “minoría de edad” la transparentan quienes todo lo mendigan y poco o nada logran en competencia bajo reglas iguales para todos. No menos que esos comodones–niños mimados– incapaces de salirse de la sombrilla que le proporciona papá o mamá. Lo mismo se diga de tantos ignorantes por voluntad propia porque rehúyen la disciplina que entraña todo de veras aprender. Así mismo, los muy apasionados, por muy listos que sean o se crean, erigidos en un instante en jueces universales, cuales otros Robespierres de antaño.

Es verdad que todos somos proclives a ese ejercicio de soberbia tan miserable. Pero algunos de entre nosotros, a los que con Ortega llamo “selectos”, terminan por rechazar esa tentación con éxito. Pues, siempre “muchos son los llamados, y pocos los escogidos” (Mateo 22:14).

“Selectos”, o sea los genuinos mayores de edad, nunca predominan numéricamente. Los hombres y mujeres “masas”, los permanentes menores de edad, por el contrario sobreabundan. Tal ha sido la némesis de toda democracia al largo plazo.

Por ello, con el paso de los años, otros no menos “selectos” construyeron el concepto alternativo de “república”, según el cual todo poder, en especial el de juzgar y condenar, habrá de ser obligadamente compartido. Es esa la raíz última de nuestro sistema Judicial separado y soberano, o a una escala todavía más popular, de la instauración vía la costumbre de todo sistema que se centra en un “jurado”.

A entender tales distinciones, habría de enderezarse también el sistema de educación. Pero, ¿se logra?…

En la ausencia de un público así de educado surgen, espontáneamente, los líderes carismáticos de las masas. Iván Velásquez, un ejemplo de ello.

Mientras los demás distraídos aplauden y aplauden…

De tal manera me explico yo ese desconcertante hábito entre muchos guatemaltecos de minusvaluar sus héroes del espíritu, nativos de este país (léanse un Arturo Herbruger o un Mario Castejón, de ayer, o de un José Luis González Dubón o de una Cristina López Ibáñez, de hoy) en comparación con cualquier otro del extranjero.

Es cierta la máxima evangélica de que “nadie es profeta en su tierra”, pero esta verdad resulta constatable solo al corto plazo. Porque al largo la historia está llena de monumentos derruidos en honor de los Césares, los magnates, los conquistadores, o más cercanos a nosotros, los profetas totalitarios de los siglos XIX y XX, léanse Marx, Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot, los hermanos Castro… o también Iván Velásquez en este siglo.

El hombre, o la mujer, como alternativa, que Ortega llamara selectos comienzan por hacer suyas la confesión de Sócrates: “Sólo sé que no sé nada”. Y desde ahí aventuran su juicio. Esos perpetuos “menores de edad”, por el contrario, que rinden homenaje a Iván Velásquez con similar entusiasmo, con esa misma facilidad lo condenarán mañana.

Porque “Sic transit gloria mundi…”

La cruda realidad siempre se impone. Hoy lo mismo acaece a Presidentes sin carácter, diputados sin principios o a jueces y fiscales mendaces.

Para hallar la raíz de tanto mal, hemos de regresar inevitablemente al hogar y a la escuela de cada uno de ellos. Por eso a padres irresponsables y a maestros semianalfabetas habríamos de retrotraer las evidentes carencias morales y profesionales que plagan esa nuestra permanente minoría de edad, con la consiguiente imitación servil de lo extranjero.

Continuamos siendo una muchedumbre de niños antojadizos e hipócritas, mientras apenas somos capaces de reconocer la callada sabiduría de nuestros campesinos laboriosos aun cuando analfabetas, de tanta madre chapina anónima, o, no menos, el coraje de nuestros soldados y policías tan vilipendiados y tan mal pagados…

Y los nacidos en Guatemala, ¿nada tienen que objetar? ¿Nada que reclamar? ¿Nada por lo que abogar? ¿Solo el Embajador? ¿O el Comisionado? ¿O el Secretario General de la ONU?

¿Por qué de pronto solo ellos habrán de ser la guía para afrontar nuestras crisis más quemantes?

Lamentablemente, a todo esto se ha reducido lo que ciertos sabihondos locales califican de protesta social.

Los liberales del siglo XIX aquí se preocupaban por tener en cuenta su aceptación intelectual por los círculos dominantes en el vecino México y, a partir de Manuel Estrada Cabrera, de lo que se pensaba sobre ellos en Washington, D. C. Como también, algo más tarde, los universitarios sancarlistas y guerrilleros vivieron pendientes de las directrices que les llegaban desde La Habana, Moscú, o desde la Internacional Socialista y que a los de ahora les es contemporánea.

¿Hasta cuándo los chapines no tendrán la suficiente confianza en sí mismos para guiarse predominantemente por sus mejores, háyanse llamado Carlos Herrera, Miguel Ángel Asturias, Jorge Ubico, Juan José Arévalo, Severo Martínez o José Mata Gavidia por mencionar unos poquísimos…? Cuándo osarán inspirarse en los valores que les fueron exclusivos, igual los del Popol Vuh que los de la Rusticatio Mexicana, o más de cerca, los de un Manuel Ayau o un Eduardo Suger, así como los de tantos otros pioneros en las diversas ramas de la industria, el arte y el comercio, los audaces hermanos Castillo, creadores de una cervecería competitiva a nivel mundial, o Luis Canella, Alberto Habie, Carlos Novella, o Juan Bautista Gutiérrez, que se atrevieron a sentirse iguales, sin complejos, con los grandes del comercio, del arte y de la industria internacionales. Por no abundar en los tantos gigantes de la plástica guatemalteca, desde Roberto González Goyri y Carlos Mérida a Luis Díaz y Elmar René Rojas en nuestros días, así como de tantos otros abridores de surcos como David Ordóñez, Rodolfo Herrera Llerandi o Luis von Ahn.

¿De dónde, pues, ese complejo de inferioridad que les lleva a tolerar colectivamente injerencias improcedentes, la última de las cuales, la CICIG, a propuesta, sea dicho de paso, de dos renegados del orgullo nacional, Edgar Gutiérrez y Eduardo Stein?

En otras palabras: ¿Qué pasa con nuestra educación pública en valores, desde la USAC a cualquier escuelita de barrio? ¿Qué carcome a nuestros supuestos “maestros” a lo Joviel Acevedo, o a los no menos improvisados “padres de familia”, o a esos fantasmales orientadores de la opinión pública o, más actualizado, a los artífices de las tan de moda redes sociales?

Guatemala en absoluto necesita de la CICIG.

Al contrario, ese artificio corruptor, que da empleo a ociosos de otros climas, nunca debió haber sido aprobado de no haber debilitado ese tonto complejo de inferioridad de los hombres-masa el temple del resto de los ciudadanos.

Guatemala es un bello país que desborda de talentos en potencia de todo tipo, como lo evidencian los emigrantes guatemaltecos que tanto aportan con su sudor y sus lágrimas a otras sociedades. Porque han sido talentos a los que mayoritariamente se les ha negado la voz de un padre, o de un maestro, que les hubiera dicho a tiempo: “¡Levántate y anda!”.

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