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Opiniones de hoy

El doloroso parto de la institucionalidad (II parte)

opinion

Y entonces, aquella gente llegó a odiar los jueves de CICIG.

Cuando avanzaron las investigaciones que desembocaron en procesos criminales a los funcionarios del PP, la gente no cabía en sí de gusto. Sin embargo, la algarabía duró poco: cuando se empezó a jalar aquel hilo del tejido que conforma nuestra estructura de poder, se tocaron muchos intereses. La gente quería ver tras las rejas a esos que habían aprendido a odiar, pero no quería la igualdad implacable ante la ley. Porque la lógica de la institucionalidad (entre comillas) que ha funcionado siempre se fundamenta en el sagrado reconocimiento de que hay gente intocable. Las leyes no están hechas para todos los ciudadanos. Se aplican de manera selectiva. Y ese derecho a la selectividad, inflamó de rabia a un “selecto” grupo de personas ofendidas por ese extranjero (fue quizá el único “defecto” que encontraron en Iván Velásquez) que había venido a meterse a desarreglar su territorio, tan bien controlado. Los perseguidos penalmente siempre habían sido los otros. Cambiar la dinámica no podía sino ser cosa de comunistas.

Un tema particularmente delicado fueron las denuncias y persecución penal por fraudes fiscales. La normalidad de nuestra institucionalidad (entre comillas) es que entre más ganancias, había más legitimidad para evadir los impuestos. Solo había que aparentar que se pagaban. Y el órgano recaudador callaba, como correspondía. Era la forma de hacer los negocios, de prosperar. Cuando esta dinámica se quebró, los que resultaron con el dedo atrapado en la puerta no lo podían creer. La nueva normalidad era que los fraudes fiscales, delitos conforme la legislación de la República, iban a ser perseguidos. Como una máquina que trabaja todos los días, fueron cayendo muchos de los iconos de impunidad pura y dura: el lavado de activos en los bancos, los sobornos, los documentos falsos en las compras al Estado, hasta alcanzar a tocar uno de los espacios más delicados de la trama: el financiamiento electoral, centro mismo de la institucionalidad entre comillas. Y entonces, ardió Troya.

Todos los afectados por este cambio de curso añoraban una sola cosa: rescatar aquella institucionalidad entre comillas puesta en peligro de una forma tan grosera, por un ente foráneo, invasor e imperialista. Las cosas tenían que regresar a su normalidad. El sagrado derecho a la corrupción debía ser salvado.

Y aquí nos encontramos. Sumergidos en un dilema grueso: el país está queriendo parirse como una Nación contemporánea, par entre otras, en una era en que la globalización impone una ética básica, como resguardo ante una cercanía forzada que nos viene de todos lados. La ya rancia institucionalidad entre comillas resulta cómica y ridícula en aquel estrecho cuarto que compartimos. Así que el parto, bien lo sabemos, no se podrá parar. Solo puede hacerse… más doloroso.

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