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Opiniones de hoy

La peor tiranía

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Opinión: Álvaro Castellanos Howell

Las malas leyes.

El estupor no pasa. La indignación crece.

El sentido común, le dice a miles de personas que, lo que acaba de hacer el Congreso, como el último capítulo (hasta ahora) del duelo Ejecutivo/Legislativo vs. MP/CICIG, es un engendro. Un gran abuso.

Las manifestaciones se ensancharán y subirán de tono, si el bando de los dos organismos más importantes y supuestamente, más representativos de los intereses nacionales, no para de inmediato de ejercer su poder de manera irracional.

Es cierto que, en el último lustro, desgraciadamente, nos dio por penalizar muchas actividades. Lamentable, porque hemos tenido que recurrir a la “última ratio”, para tratar de corregir un rumbo perverso controlado por poderes paralelos y poderes oscuros.

Pero mucho más lamentable aún, es darse cuenta que las leyes pueden ser hechas a la medida o con dedicatoria. Esa es la peor tiranía: las malas leyes (parafraseando a Edmund Burke).

Y por malas, yo al menos, no me refiero a las deficientes en su redacción, o las que han quedado en desuso. Que son inservibles, en todo caso.

Una mala ley, mala de verdad, es la que no cumple con sus características vitales: la generalidad, la abstracción y la legitimidad.

La generalidad, dicho de forma sencilla, prevé categorías de personas y no, personas en particular.

La abstracción, quiere decir que la norma no dispone para casos concretos, para hechos particularmente determinados, sino para categorías de hechos, es decir, para “tipos”.

¿Y la legitimidad? Esta es el antecedente de la juridicidad de una ley. Y no me refiero a los procedimientos legislativos per se (que también pueden ser manipulados, como el de usar el criterio de “urgencia nacional” cuando no lo es), sino a la necesidad de tener, y poder demostrarla, una auténtica razón social que le dé origen. Algunos preferirían hablar de su justificación.

Es más que evidente que los recientes decretos del Congreso no cumplen con los requisitos de generalidad, abstracción y legitimidad.

Nada más siniestro que tener un Congreso dispuesto a olvidar esas características, cuando son intereses particulares los que dictan su actuación. Es la negación absoluta del ejercicio del poder Legislativo.

El adefesio antijurídico que engendró la gran mayoría de diputados esta semana, entró ya al Museo Mundial de las Monstruosidades Jurídicas. Se usará como ejemplo de perversidad legislativa.

¿Estaremos indefensos y frente a un poder absoluto, incontrolable?

Ya veremos.

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