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Opiniones de hoy

El rincón de Casandra

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Un cierto 14 de julio…

La Revolución Francesa fue el producto de rebeliones populares –incitadas estas por una hambruna relativa y momentánea pero más aún por los enemigos internos y foráneos de la monarquía francesa– sumado ello a la ambición de las elites tradicionales –la nobleza y el alto clero– pero y sobre todo a la nueva burguesía ascendente social y económicamente pujante –personas de profesiones liberales, ligada a una masonería anglófila liberal– hombres de ley y de letras algunos de ellos de gran calidad intelectual que deseaban arrebatarle a la monarquía

–finalmente bastante paternalista– parte de su poder para acceder ellos mismos a una vida pública y de poder político que les estaba vedada entonces por un régimen –poco más o menos según las épocas absolutista–, que gobernaba el país desde mil años atrás.

Desafortunadamente para la tranquilidad y prosperidad de Francia –era esta en 1789 la nación más rica y habitada de Europa– el movimiento revolucionario que se proponía ser limitado se le fue las manos a sus promotores originales y terminó catastróficamente para la nación francesa en los campos cenagosos de Waterloo 25 años más tarde.

La Revolución Francesa presentas dos aspectos históricos novedosos que marcaron a las sociedades occidentales. Uno positivo, –indispensable– para la vida de nuestras sociedades modernas: la libertad y más aún la igualdad ante la ley.

El otro negativo, el de las guerras de la revolución y sobre todo del Imperio napoleónico que le hizo perder a Francia su preponderancia mundial a favor de Inglaterra, y que provocó por las guerras constantes el nacimiento de los nacionalismos europeos a ultranza y sus guerras posteriores en consecuencia.

Los estadistas que se ocuparon de liquidar la época revolucionaria/napoleónica

–Congreso de Viena 1815– intentaron frenar los movimientos revolucionarios nacionalistas europeos vía la Santa Alianza de las casas reinantes que buscaban con ello regresar al statu quo ante y mantener incólume las instituciones monárquicas poco más o menos absolutistas.

Esta situación resistió una generación cuando en 1848 estallo el corsé impuesto y los nacionalismos poco más o menos socialistas se regaron por Europa. La era de las nacionalidades –sobre todo las populistas del siglo XX– habría de durar cien años más, con su cauda de guerras y muertes como nunca se había conocido en la historia mundial.

Hoy la Revolución Francesa con sus quimeras nacionalistas y bélicas ha pasado la página. Le ha dejado al Mundo el legado único y universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano piedra angular indispensable de toda democracia moderna… Aunque fuera solo por ello, bien valió la pena la sangrienta toma de la Bastilla por el pueblo de París un cierto 14 de julio de 1789.

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