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Opiniones de hoy

Xela real e imaginada (VII Parte y final)

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In Memóriam, Juan Francisco Velásquez Carrera .

Un domingo, los tíos nos llevaron de paseo al Balneario que quedaba en Las Rosas. En la propia entrada de Xela. En esos paseos siempre hacíamos un pícnic, que era almorzar sentados, en el piso, frente a un mantel y los canastos llenos de comida, de frutas y de bebidas. Fuimos a bañarnos a una piscina que allí había y luego a correr por los prados llenos de trigo. Empezamos la adolescencia y para entonces ya empezaban a acompañarnos a los viajes a Xela, nuestros tíos, José Luis y Carlos Francisco Samayoa Barrientos, Choche y Pinpico, llamados así por el cariño familiar; respectivamente. Con el tiempo, Manolita cumpliría quince años. Debió haber sido en 1972. Y para tal fiesta, toda la familia Carrera y descendientes que vivían ya en la capital de Guatemala, se prepararon con tiempo para asistir a la Santa Misa y después al sarao en las instalaciones del Tenis Club Quetzalteco. Para entonces, mis tíos Paquito y Hilda se habían cambiado de casa y ahora vivían en una residencia que quedaba casi enfrente de la Brigada Militar, que ocupó la vieja Estación del Ferrocarril de Los Altos. El Abuelo Santos, mis padres, jóvenes, mis hermanos, mis tíos José Luis Samayoa Rubio –Pil– y Valentina Barrientos Fuentes de Samayoa, mis primos Choche y Pinpico, armamos viaje a Xela, desde el viernes, por la tarde, para estar listos para el sábado, día en el que se realizarían los festejos en honor a la prima querida. Hay que decir, que mi tía Hilda, se esmeraba en recibirnos a todos, pero por razones de espacio solo Valentina y Choche, se desplazaban hasta la vieja mansión de Las Cárdenas. Después de la misa, ya en el salón del Tenis Club, nos sentamos en una mesa que presidía el abuelo Santos. No faltaba la Marimba y el conjunto, grupo que interpretaba música en aquel entonces llamada “moderna”. Fue una delicia ver al Tío Paquito bailar con la quinceañera y a mi abuelo Santos con mi tía Hilda, el vals para iniciar el baile, en el aquel piso de madera, encerado, que brillaba de lo limpio. Luego lo hicieron el padrino y la madrina de la niña, que eran mis padres. En cada mesa, mi tía Hilda había elaborado arreglos que eran bellísimos, con detalles muy curiosos, como las sombrillas lilas y rosadas, con hermosos encajes, que se colocaron colgadas del techo, que eran imitaciones de las que usaba Mary Poppins, en sus películas de antaño. Cuando el abuelo Santos se sentó en la mesa, después del vals, ante la mirada de mis padres, el mesero se le acercó y le preguntó: ¿Qué beben los señores? Y Santicos, nos replicó la pregunta: ¿Qué beben los señores? Nos quedamos viendo entre los primos y alguien furtivamente dijo; aguas gaseosas. El abuelo Santos, se reía. Tráigales una botella de ron y aguas gaseosas, a estos patojos, que yo les voy a enseñar cómo se toma un trago, decentemente y con responsabilidad. Todos nos hacíamos ojos de aprobación. Al calor de los traguitos, nos fuimos animando y el abuelo que veía que se nos iban los ojos por las patojas, nos decía: Vayan a bailar muchá, que aquí si hay suficientes patojas guapas para que ustedes las bailen. La parranda duró hasta que embrocamos las ollas, como decía mi madre. Al día siguiente, los mayores nos llevaron hasta el Bar Tecún, que ya se encontraba en el Pasaje Enríquez para tomar un aperitivo antes del almuerzo y por la tarde fuimos a refaccionar hasta el antañón y ya desaparecido restaurante y refresquería El Pájaro Azul, que quedaba en los bajos del edificio de la Municipalidad de Quetzaltenango, que alquilaban para tener ingresos adicionales. Hasta aquí, llego con estas remembranzas de nuestra infancia en las temporadas de Xelajú y en breve publicaré lo que vi recientemente en la Ciudad de la Estrella, como la nombrara el poeta Porfirio Barba Jacob.

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