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Opiniones de hoy

Nos fascina el bla, bla, bla 

opinion

La propuesta es sumamente concreta: Si no reformamos el Artículo 157 de la Constitución e introducimos con su reforma el Sistema Electoral de los Distritos Pequeños, nada –absolutamente nada– cambiará entre nosotros.

 

Y nada cambiará:

(1) Porque seguirán siendo los partidos políticos los únicos que puedan postular candidatos a diputado para integrar el Congreso.

(2) Y porque los partidos seguirán proponiendo a los candidatos por listados, los indígenas y las mujeres a la cola.

(3) Y porque se seguirá eligiendo, obligadamente, un listado nacional de diputados.

(4) Y porque los distritos electorales seguirán siendo tan inmensos como ahora.

(5) Y porque –entre la inmensidad de los distritos y el sistema de listados– el elector no sabrá nunca, como siempre, quién es su diputado (Y, a propósito, ¿Quién es su diputado?).

(6) Y porque las campañas electorales seguirán siendo, necesaria consecuencia de lo anterior, largas y costosas.

(7) Y porque los diputados, al final de cuentas, “representado a todos”, no representarán a nadie – lejano el Congreso de los intereses, los principios y los valores de los electores.

(8) Y porque no habrá cordón umbilical entre los electores y el electo, el diputado a la libre, sin conocimiento real de quiénes son sus electores, sus intereses, principios y valores.

(9) Y porque el periodo constitucional del diputado continuará excesivo –cuatro años– lo que hace que unido a que los electores no llegan a saber quién es su diputado –impide que funcionen– y que funcionen a tiempo – los premios y castigos: Si bueno y leal el diputado, reelecto pero, si por el contrario, desleal y malo, echado del Congreso.

Y nada cambiará porque el Congreso es la clave de todo y porque, si el Congreso permanece igual, nada podría cambiar en consecuencia.

Y no cambiaría nada porque ­–sin tal reforma– la del Artículo 157 –el Congreso seguirá siendo percibido– y no solo percibido sino que seguirá estando –tan lejos de los electores como ahora y, en consecuencia, tan lejos:

(1) Todo lo referente a los impuestos que paguemos.

(2) Y al endeudamiento que tengamos.

(3) Y a las regalía petroleras y de minas que cobremos.

(4) Y a cualquier otro de los ingresos que podamos obtener.

Y más lejos aún –si lejos de los ingresos, el elector– de todos los gastos, es decir, del destino final que se le da al dinero:

(1) Si lo usamos para seguridad y en qué proporción su uso con relación a otros gastos.

(2) Si en Justicia.

(3) Si en salud.

(4) Si en educación.

(5) si en infraestructura.

(6) O bien, si alternativamente, en absurdos y despilfarros.

Y no habrá nada que cambie porque el Congreso, además de definir el presupuesto y de aprobar –o de improbar– la ejecución que se haga del mismo es, ni más ni menos:

(1) Quien emite las leyes.

Las leyes que habrá de cumplir y que habrá de hacer cumplir el Presidente y que aplicarán los jueces.

(2) Y quién toma las más importantes decisiones nacionales, incluida, entre otras, la elección de Magistrados. (aspecto que se sostiene , incluso, en las “reformas al sector justicia” –increíble, pero cierto– el Congreso integrado como siempre…). (Continuará)

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