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Opiniones de hoy

No se puede silbar y tragar pinole

opinion

En todo caso, defensa leal.

Después de la primera ola de la justicia que arrasó con la estructura en las aduanas, La Línea 1, volteamos la mirada y no hubo una entidad orquestadora del diálogo político. No hubo Ejecutivo y el Congreso estaba demasiado ocupado viendo cómo salvaba el pellejo, mientras le doraba la píldora a la sociedad.

Después de la segunda ola, Cooptación de Estado, fue más acuciante el diálogo político estratégico, por la diversidad de actores asociados a la gobernabilidad involucrados. Teníamos un Ejecutivo recién electo, con enorme capital político, pero nula capacidad. El Congreso sacó las castañas del fuego con una batería de leyes que extraían lecciones de los casos judiciales e introducían correctivos. Pero no era una solución legislativa solamente, sino política, en el sentido de un acuerdo creíble y una ruta plausible.

El diagnóstico se resume así. El MP, la CICIG, la SAT, la CC, la CGC y algunos jueces y magistrados entraron a remover sin miramientos el régimen de impunidad, y han tocado el nervio de grupos muy poderosos cuya costumbre ha sido el uso discrecional de la ley: cumplo y exijo lo que me conviene, aderezo lo que resulta un poco complicado y simplemente ignoro lo que no me conviene.

Los líderes de Mariscal Zavala le apostaron al tiempo, retardando sus propios procesos judiciales: en mayo de 2018 se va la fiscal general y en septiembre se iba el comisionado de la CICIG (ahora deben esperar otros dos años). Su cálculo es que sin esos funcionarios volverán al viejo método de arreglos bajo la mesa y saldrán libres. Otros, un tanto desesperados le apostaron al lobby en Washington para desestabilizar al Comisionado y al embajador de los EE. UU., creyendo erróneamente que, por ejemplo, Todd Robinson, se fue por la libre. Y todos los días –arreciando últimamente– están los empleados de las redes sociales haciendo su agosto en base a calumnias y difamaciones, pero sin un resultado concreto.

Nada ha funcionado ni funcionará porque el Estado de derecho (real) ya no es una opción de nuestras elites, sino una obligación. Debería de serlo ante su ciudadanía, pero ya se ve cómo la desprecian, por eso lo es ante el concierto de naciones, donde hay poderes duros, con instrumentos de política comercial, financiera etcétera, capaces de fiscalizar obligaciones que soberanamente aceptamos. Ya no es tolerable chiflar y hacer como que tragamos pinole, es decir, exigir respeto a la ley y lucha contra la corrupción, y al mismo tiempo usar la ley discrecionalmente y, por ejemplo, escamotear al fisco y las leyes laborales.

Es cierto que todo el esfuerzo emprendido desde el 2015 se puede echar al traste, con violencia política, desestabilización institucional e imponiendo un enrarecido clima de confrontación social, lo cual hará más trabajoso, costoso y retardado el cambio. Por eso se requiere un diálogo político estratégico, en el que participen incluso delegados de alto nivel de Washington y la ONU. El punto de partida de ese diálogo es el sometimiento a la ley que se aplica, y no más negación de la evidencia sobre su transgresión, en todo caso: defensa leal. De ahí en adelante podemos trazar un curso ambicioso de desarrollo económico y reforma institucional hasta donde nos sea posible. Claro, más temprano que tarde debemos ver qué hacemos frente a la patética ausencia de liderazgo político.

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