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Opiniones de hoy

Xela real e imaginada (IV Parte)

opinion

In Memóriam Juan Francisco Velásquez Carrera.

 

La pequeña y pacata ciudad de Quetzaltenango no debía tener más allá de 43 mil habitantes y el departamento completo 271 mil habitantes aproximadamente en torno a 1965. Había, cerca de la casa de mis tíos, un lugar de alquiler de bicicletas. Era la década de los sesenta y hasta allá llegamos para alquilar varias, que nos permitirían irnos de la Avenida Independencia hasta el pueblo de San José Chiquilajá. Mi tío Paquito llevo a la Angelita y al Chofo hasta la iglesia en donde se venera al Cristo de Esquipulas, con todo y unos buenos canastos para realizar un “día de campo” y nosotros nos fuimos pedaleando, desde la Avenida Independencia hasta la vera del Río Xequijel, en donde en un prado que estaba lleno de vacas pastando, almorzamos al filo de la una de la tarde. Naturalmente, después de visitar al Cristo Negro en su Altar. No faltaron los chorizos dorados en aceite (con chiltepe adentro) y las longanizas, marinadas con un buen chirmol, que junto a las tortillas y el guacamol, y el queso de capas, hacían las delicias de las viandas quetzaltecas. Entonces, los refrescos chapines no daban lugar a las bebidas gaseosas y bebimos uno de tamarindo, hecho por Doña Hilda que sabía de maravilla. El paseo de bicicleta fue memorable, mis primos, el Gato y la Manolita, con sus bicicletas propias; mis hermanos, José Fernando y Juan Luis, y la mía, alquiladas. Recuerdo el largo camino de terracería, lleno de pinos y de variados árboles, en donde transitaban muy pocos automóviles y que lo mismo permitía ver el paisaje impresionante del altiplano occidental. Las labores de frutas y de verduras. Los campos de labor con el trigo espigado. Los cerros, el Baúl y el Quemado y al fondo el volcán Santa María, que al decir de la Angelita había tenido un su muchachito: el volcán Santiaguito. En ese campo, todavía tuvimos arrestos para jugar una “chamusca” como se dice en Guatemala al juego de futbol sin más reglas que las que establecen los chamusqueros. A dicha chamusca se unieron los pastores de las vacas y de los chivos, que hablaban entre ellos un idioma que no entendíamos, pero que se parecía al que la Angelita, nuestra nana, hablaba con sus hermanas y hermanos, cuando no quería que entendiéramos lo que se decía. Recuerdo que nos bañamos en el río y que después emprendimos el retorno hacia Xela, alrededor de las cuatro de la tarde, cuando el friito empieza a apretar. Para entonces, mi tío Paquito ya había llegado a recoger a la Angelita y al Chofo, en su pequeño pero poderoso Volkswagen. Mi tía Hilda regenteaba para aquellos años, la sucursal de Schacher Hermanos en la Ciudad de Los Altos y por ello no nos había acompañado. Para los patojos citadinos, la experiencia de ir en bicicleta a Chiquilajá nunca se nos olvidó y yo lo guardo como un pequeño rescoldo de alegría en mi corazón y en mi memoria. Retornamos jadeantes, pero felices. Otro día, por primera vez, subimos hasta la cima de “El Baúl” y pudimos divisar desde lo alto el valle de la ciudad de Quetzaltenango. Divisamos desde allí, el Parque Centroamérica, la Santa Iglesia Catedral como decía la abuelita Martha Florencia Samayoa de Carrera, el Banco de Occidente, S. A. en donde trabajara como auditor mi tío y doble padrino, Carlos Enrique el Chino Carrera Samayoa y del que fuera gerente Don Carlos Wyld Ospina; la Municipalidad de Quetzaltenango, la Pensión Bonifaz, el Edificio Rivera, etcétera. La Ciénaga, la Iglesia de San Bartolo era de madera y bastante humilde en su construcción. Cerca de la Cuesta Blanca, había una colina que era referencia, el Molino Excélsior, S.A. de los Gutiérrez, a su lado derecho, los baños del Chirriez.

Continuará…

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