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Opiniones de hoy

Normal

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La “normalidad” es cómoda. Violenta, pero cómoda.

Una señora de mentalidad conservadora me explicó su molestia por la celebración a la diversidad sexual. “Ahora ellos (la comunidad LGBTQ), nos hacen sentir a nosotros anormales, cuando los anormales son ellos” decía, molesta por lo que consideraba una deformación de “los valores”.

Normal es una palabra que viene de norma. Juzgar a una persona como “normal” o “anormal” está vinculado a un universo normativo. ¿Quién dicta las normas y establece el statu quo? La respuesta es clara: quien ostenta el poder. Así las cosas, nada hay de natural en lo normal. Lo que hay es una imposición, una relación de poder sobre el otro. Afortunadamente, el mundo está cambiando a pasos muy acelerados y cada vez resulta más difícil imponer “normalidad”. Los otros tienen sobrado derecho de definir sus valores con base en su propia subjetividad. El deseo humano no es aberrante. Es natural. Una poderosa fuerza de conexión con el mundo y, a menos que sea satanizado y por ende deformado, no tiene implicaciones funestas.

Entonces, resulta que la gente conservadora de este país está sufriendo. Porque lo “normal” se está moviendo a paso acelerado. Lo normal del mundo contemporáneo no es la discriminación, la imposición hegemónica y vertical de maneras de ser. Lo normal es la autodeterminación. Harían bien estos conservadores, aferrados a un ayer que desaparece rápido, en aprender a vivir en libertad en lugar de arañar las orillas del precipicio en que se sienten caer al imaginar “un mundo sin valores”.

Pero lo “normal” en Guatemala no está solamente vinculado a un conservadurismo moral. También tiene que ver con el sólido trono en el que se quieren mantener los detentadores del poder económico y político. La corrupción en Guatemala es “normal” dijo el Presidente en una entrevista. También es “normal” la evasión de los impuestos por empresarios multimillonarios. El lavado de activos en los bancos. Y el robo descarado y vergonzoso de los aportes del IGSS que han salido de los paupérrimos bolsillos de trabajadores del campo, por grandes terratenientes. Por supuesto que la irrupción de la “anormalidad” en aquel mundo guatemalteco, perfecto para unos pocos, resulta un ataque directo. La denuncia pública de estos vicios, su persecución penal, es vista como la destrucción del mundo que conocieron. ¿No tenía la perversión asegurada la aprobación de quienes cuentan y… la impunidad?

Resulta doloroso ver, con la claridad prístina que nos ha regalado el destape, la manera depravada en que se construyó la “normalidad” del país. Francamente da asco. Y todos los que claman por el retorno a la “normalidad” son las caras de esa deformación depravada. ¡Claro que aspiran a mantener el tapón puesto para impedir que el país camine hacia el desarrollo y la inclusión! Para ellos siempre fue cómodo. Violento, pero cómodo.

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