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Opiniones de hoy

Desgarre

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Nos está saliendo cara la función.

En las décadas de 1950 a 1970 hubo diseños estupendos de instituciones públicas y el trazo de políticas de desarrollo de mediano alcance. Fue la época de oro de la burocracia estatal, que se estrenaba como clase media con vistas a la modernidad de aquellos años. La promesa del auge –pues además la matriz agroexportadora se diversificaba, la planta industrial se expandía y la economía general crecía por encima del cinco por ciento promedio anual– quedó anegada por la persecución política. Los tecnócratas de la institucionalidad se exiliaron y los políticos de la democracia fueron abatidos inermes. Tres generaciones enteras sacrificadas, irracionalmente.

Asistimos en los últimos años a un nuevo intento de rescatar el Estado, sin la claridad conceptual del pasado ni la exquisitez de una tecnocracia superdotada, pero con garra. Las instituciones de inteligencia se levantaron y luego cayeron al viejo estatus de captura y mediocridad; sin embargo, los resultados en varios campos comenzaron a verse sin que cambiaran las estructuras desvencijadas, sus procesos anacrónicos y sus burocracias rancias. Las cabezas temporales que llegaron (casi por casualidad) al MP, al TSE, a la SAT, a la CC y a la Contraloría comenzaron a sacudir el árbol del cual cayeron frutos podridos. El Congreso tuvo su estelaridad fugaz en 2016 y algunos jueces y magistrados han podido, por fortuna, liberarse del yugo.

En el ínterin, entre 1980 y 2015, unas llamadas estructuras político económicas ilícitas se adueñaron de las instituciones y sus presupuestos. Velozmente amasaron fortunas, sea a través de la obra pública fraudulenta, sea por medio de las adquisiciones, sea capturando (corrompiendo, cooptando) oficinas estratégicas para derrotar a la competencia antes de entrar al mercado. El producto político de ese dominio está a la vista: la ruina de la política y la adulteración del sistema de partidos. El resultado social fue acabar de hacer de Guatemala el país más desigual en el hemisferio más desigual del planeta.

Debe entenderse: desigualdad social es la ausencia de una cancha plana inicial para la mayoría de los habitantes, donde pueden acceder, sin necesidad de jugarse la vida, a alimentos sanos, abrigo permanente, y buenos servicios de salud y educación. Desigualdad social es, además, que la cancha inicial con inclinación de 90 grados, se pronuncia en el camino produciendo en un territorio de apenas 100 mil kilómetros los extremos del planeta, apenas relacionados por el consumo y el negocio de la (in)seguridad.

Frente a este cuadro no hay respuesta viable más que el desgarre institucional que estamos viviendo, riesgosamente, sin reforma política ni administrativa, ni funcionarios modernos. El tiempo del desgarre puede extenderse a 2, 4, 10 o 20 años más en un contexto de tirantez extrema. Para empezar, si no se extiende a 2018 y 2019 significa que fracasamos en el intento de vivir con un poco de decencia, y retornamos al reino de las hienas. El punto de arribo a un nuevo pacto social no llegará (para quedarse) hasta que los actores fundamentales adquieran noción general de Estado y la participación ciudadana exprese una relación de fuerzas políticas real, no virtual. Llegará cuando veamos normal perseguir la corrupción y, en cambio, anormal cultivarla en casa, en la oficina y en la calle. Quizá la gran contribución de Jimmy Morales a esta historia sea escenificar lo que no queremos. Eso sí, nos está saliendo cara la función.

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