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Opiniones de hoy

“No te preguntes, vive y deja vivir”

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Alto. Observemos con detenimiento. Detengamos siquiera un rato. Escuchemos cuando del silencio nacen las preguntas sobre nosotros mismos y sobre el universo.

 

A cambio de cuestionarnos vivimos en una sociedad que no se ve de frente al espejo porque quizás nos da pánico encontrar la verdadera imagen que el espejo nos devuelve.

“Por qué querés hacer que la gente se cuestione si eso no sirve de nada”, me repite un buen amigo. Agrega: “que cada cual haga con su vida lo que le venga en gana”, “no te preguntes, vive y deja vivir”. Total no pasa nada, solo nos manipula el mercado a través de sus tentáculos de publicidad diciéndonos quiénes somos y cómo debemos comportarnos. Total la idea de que la historia ha terminado ya pareciera estar en el inconsciente colectivo de esta sociedad de consumo. Para muchos entonces, la historia ha terminado, no hay nada más por imaginar que lo que existe porque hemos llegado a “la sociedad deseada”.

Hoy somos capaces de hablar con alguien en Hong Kong en tiempo real y ese carácter instantáneo de la comunicación es uno de los nudos claves que nos hacen creer que hemos llegado al final de la historia. Que hemos alcanzado la modernidad que ya mirábamos en las caricaturas de Los Supersónicos. Esa emotividad generalizada contribuye al desencanto del mundo. Un mundo falto de utopías de libertades del consumo. No se espera nada del futuro, no hay perspectivas emocionantes.

Nos paseamos por la vida defendiendo un pensamiento Light en el que se vale dejarse manipular por los medios de comunicación, en el que se vale renunciar a vivir desde la libertad del Ser, en el que se vale nunca cuestionarnos por qué las cosas son como son. ¿Nos hemos preguntado alguna vez cuánto del legado de la humanidad hubiésemos perdido si Galileo o Einstein no hubieran cuestionando el statu quo y los dogmas de los mundos en los que vivían?

Sí, es cierto, en el mundo de hoy la existencia pasa necesariamente por la imagen. Vivimos en una sociedad saturada, embarrada, forrada, tapizada, y sobre todo disfrazada de imágenes. Como autómatas inmersos en una sociedad que se globaliza más en lo identitario que en lo económico, nuestras referencias están dadas por lo que nos dictan campañas publicitarias: “en el mes de la patria, depilación con láser”. Y muy pocos se preguntan que la patria no tiene nada que ver con la depilación.

Transitamos los “no lugares”, esos lugares sin historia, que afectan nuestras representaciones del espacio, nuestra relación con la realidad y nuestra relación con los otros”, señala Marc Augé. La identidad se construye en el nivel individual a través de las experiencias y las relaciones con el otro.

Por la pereza mental y espiritual de no querer cuestionarnos a nosotros ni al mundo que ayudamos a construir, no advertimos que si nos entregamos a la inmensa aventura de descubrirnos a nosotros mismos, seríamos capaces de comprender muchísimo mejor la realidad. Entenderíamos cómo la publicidad nos manipula y nos ofrece la vaga ilusión de que somos nosotros los que decidimos libremente.

No nos damos cuenta que la identidad está en crisis cuando un grupo o una nación rechaza el juego social del encuentro con el otro. Son tan pocos y hechizos los lugres de encuentro real con los otros, que nos acostumbramos a no salir de nuestras breves burbujas imaginarias y cibernéticas.

“No preguntes, vive y deja vivir”, repiten alienadamente las juventudes, sin preguntarnos mejor “cómo aprender a vivir”. El consumo se dirige a individuos “estrella”, que son la imagen de los consumidores. Tenemos interlocutores ficticios en la televisión, pero que son una referencia para el consumidor. Hay gente que no toleraría vivir sin tener su cita diaria con los reality shows. Esta relación estructura el tiempo y la realidad con la que creemos identificarnos.

Ilusoriamente e inconscientemente creemos que Lady Gaga existe más que nosotros por aparecer en millones de pantallas alrededor del mundo y por la falsa idea de “éxito” y “reconocimiento” que nos construye el mercado.

Tenemos valores fetiches en los que hay que pasar a través de la imagen para existir. Como dormidos, ciegos y sordos no nos atrevemos a ver la imagen que el espejo nos devuelve, nos metemos al Mall, y entre música electrónica compulsivamente manifestamos nuestra infinita libertad escogiendo entre una Pepsi o una Coca Cola, repitiéndonos “destapa la felicidad”. Pero eso sí no hagas preguntas incómodas, vive y deja vivir.

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