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Opiniones de hoy

El viaje de Trump, un triunfo geopolítico de Putin

opinion

El sueño geopolítico imperial ruso está a punto de hacerse realidad.

El reciente viaje internacional del presidente de los Estados Unidos, quizás planeado como una distracción de los problemas rusos de la Casa Blanca, parece haber sido la ocasión de un extraordinario triunfo geopolítico de Rusia y su muy astuto presidente.

La primera parada de ese periplo presidencial fue en Arabia Saudita. Allí el presidente Trump cerró una venta de armas por ciento diez millardos de dólares. Un logro comercial. Sin embargo, su llamada a la lucha contra el “terrorismo islámico” y su apoyo al islam sunita

–especialmente la versión wahabí de los saudíes– frente al islam chiita liderado por Irán, empujará a ese país a buscar una mayor cercanía con su gigantesco exvecino, la Rusia del presidente Putin. Desde la perspectiva estadounidense, esto es un grave error geopolítico. De su parada en Israel –nada fuera de lo esperado– quizá solo quedó la incertidumbre sobre si la embajada de los Estados Unidos se trasladaría de Tel Aviv a Jerusalén, como Trump lo había prometido en su campaña.

Pero en Europa las cosas sí fueron diferentes. Durante la reunión en Bruselas de los 28 miembros de la OTAN, para la inauguración de la nueva sede de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, el presidente Trump no se quiso comprometer explícitamente a cumplir con el Artículo 5 del Tratado de Washington de 1949, que es el alma misma de la alianza militar transatlántica. Dicho artículo plantea el casus foederis: es decir, que un ataque a cualquiera de los miembros será considerado un ataque a todos. Sin el renovado compromiso explícito del nuevo presidente estadounidense al Artículo quinto, la alianza militar noratlántica pierde fuerza efectiva.

Posteriormente, en la reunión del G-7, celebrada en la ciudad de Taormina, Sicilia, –a la que asistieron los gobernantes de Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Japón y la Unión Europea– no se logró convencer a Trump de mantener a su país dentro del acuerdo de París, del 2015, contra el cambio climático. El acuerdo, largamente negociado y aprobado por consenso, ha sido firmado por ciento noventa y cinco países y hasta ahora ratificado por ciento cuarenta y siete de ellos. La salida del mismo, anunciada el pasado jueves por los Estados Unidos, es un golpe a la confianza en su liderazgo mundial, lo que tendrá seguramente repercusiones geopolíticas importantes. Los Estados Unidos quedan así en la solitaria compañía de Siria y Nicaragua, únicos países que no firmaron el acuerdo.

De inmediato, la canciller alemana, Angela Merkel, hizo ver a sus colegas que los europeos mismos tendrían que asumir la defensa de sus propios intereses. En adelante, el eje franco-alemán debería tomar una posición central en la promoción y el desarrollo de la Unión Europea, no solo como un importante agente económico, sino como un nuevo polo político mundial independiente. Parece que ahora estamos viendo el comienzo del fin de la alianza transatlántica que mantuvo la seguridad y la paz en Europa por casi 70 años.

El sueño geopolítico imperial ruso está a punto de hacerse realidad. Ya en marzo de 1952, José Stalin había propuesto la unificación y neutralización de la vencida Alemania, a cambio de que se retirasen las fuerzas estadounidenses, británicas y francesas, estacionadas en ese país. El canciller Konrad Adenauer se opuso terminantemente, por creer que era una trampa del dictador soviético.

Hoy, las consecuencias del reciente viaje del presidente Trump a Medio Oriente y Europa, el acercamiento de Trump con el islam sunita-wahabí de los saudíes y la fractura en la confianza de los aliados europeos respecto al compromiso estadounidense con la alianza militar atlántica, le están proporcionando a Vladimir Putin una clara ventaja geopolítica y estratégica. Si Trump estuviera trabajando para Putin, no lo hubiera podido hacer mejor.

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