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Opiniones de hoy

El maestro Julián

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SOBREMESA

El maestro Julián tenía cara y pezuñas de liebre. Cuando el maestro llegaba a la casa del Centro, la empleada le indicaba en dónde tomar asiento, en una silla frailera de cuero que estaba en el corredor con vista a las azaleas del patio. Desde la vidriera del comedor, escondida tras el visillo de tela delgadita que tapaba las transparencias del vidrio, yo observaba a la liebre gigante, muy recata con su sombrero de fieltro gris en la mano. La mandíbula pronunciada hacia delante con dos dientes grandes al frente; el bigote, la frente inclinada para atrás en donde le salían dos grandes orejas firmes de pelusa gris.

El maestro Julián siempre vestía de traje negro con una camisa blanca, despercudida por el uso, abotonada hasta el primer botón junto al cuello. Sus manos eran largas con uñas de pájaro, gruesas, amarillas y corvas.  Era una bella liebre, pensaba desde mi escondite. Pero lucía nerviosa porque no dejaba de jugar con el sombrero, dándole vueltas entre los dedos. Los zapatos eran negros, relucientes y a mi entender calzaban dos patas peludas con callosidades negras y lisas en sus plantas. “Buenas tardes, Maestro, pase adelante”, y mi padre le indicaba el camino hacia un estudio pequeño y húmedo que estaba al final del corredor. La liebre se levantaba de un brinco, extendía su mano larga y hablaba ronco y despacio, como suelen hablar las liebres en las historias infantiles, donde aparecen mayores y adultas.  “Con permiso”, decía el Maestro, e inclinaba sus orejas para saludar discretamente a mi mamá cuando pasaba frente al comedor de la casa.

El maestro Julián trabajaba como maestro de obra a la par de mi papá. Su porte alto y distinguido y su discreción educada impresionaban. Era oriundo de San José Pinula y sabía interpretar con habilidad de matemático los planos de columnas, techos, paredes, cañerías y desniveles que dibujaba mi padre a mano alzada en hojas de papel cuadriculado, y que el maestro Liebre hacía realidad en la obra.

Mi padre y el Maestro Julián trabajaron juntos a lo largo de sus vidas. Alguna vez, siendo ya mayor, lo vi fumar un cigarrillo sin filtro hasta llegar casi hasta el final de la brasa, con las uñas grandes y curvadas, y sus dientes incisivos de liebre vieja entintados  de color amarillo tabaco.

El último día que recuerdo haber visto al maestro Julián fue sentado en la misma silla de cuero, de mis días de infancia, esperando a mi padre.  Lo saludé con un “buenos días, maestro”  y noté que había perdido su porte esbelto  de liebre joven. Era mediodía. Tenía los ojos inyectados de agua y tosía tapándose la boca con un pañuelo blanco enmarañado que guardaba con recato en el bolsillo izquierdo del saco. Llegaba a despedirse de mi padre, para entregarle unos fierros que no eran suyos.

Las fuerzas no le daban ya para subirse a los andamios, revisar las cornisas y los pañuelos de los techos ni dirigir a los cuatro albañiles que componían la fuerza de trabajo de mi padre.

No recuerdo mucho más de aquel personaje de mi infancia, cuando, desde el visillo del comedor, imaginaba que el maestro Julián era una liebre de bigotes tiesos; en tiempos cuando mi padre y la liebre saltaban y sonrían felices, mi madre usaba vestidos de colores alegres y floreados y se cantaba música de boleros de Agustín Lara en la salita de la casa.

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