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Opiniones de hoy

Las madres en Guatemala

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La celebración a la mujer y a la madre no pueden separarse.

Celebrar a la madre es un hito anual para la sociedad guatemalteca. Y ciertamente la madre es un arquetipo fundamental en la psique humana. Implica nada más y nada menos que la potencialidad de crear vida, de dar sostén, de abrigar y proteger. Muchas madres tienen el privilegio de vivir su maternidad con alegría, como un acto creativo y feliz. Desafortunadamente, no se puede erigir una divinización de la madre y al mismo tiempo despreciar a la mujer con la saña que sucede en Guatemala.

El machismo en nuestro país implica, para empezar, que la maternidad se impone como destino manifiesto a cada niña, cuando debería ser una elección. De hecho, evitar el embarazo mediante medidas anticonceptivas o el aborto se ha tornado casi en un tema político bajo la premisa de que el Estado debe incursionar en el control de la sexualidad femenina. Bajo esta premisa, la mujer deja de ser sujeto para convertirse en un vientre útil a la sociedad que obedece a una normativa impuesta desde afuera, sin opciones de decidir por sí misma. En estas condiciones, la maternidad abandona su gloriosa potencialidad creadora y se convierte en un acto de sumisión.

Detrás de muchos embarazos, sobre todo de niñas, está el horror de los abusos sexuales practicados en ellas principalmente por sus propios padres. El padre tiene derecho de pernada sobre sus hijas, frecuentemente con el apoyo y complicidad de la madre. Todo para sostener el sistema machista que es condescendiente y permisivo con el varón. Esta consolidada práctica del abuso familiar, la falta de educación sexual, factores de desprotección de la niñez y una cada vez más temprana sexualización del cuerpo de la mujer ha provocado que se dispare el número de niñas embarazadas en nuestro país. Estas madres deberán batallar con la dificultad de construir su propio destino y, además, proveer, proteger y cuidar a un niño.

Otras mujeres logran llegar a la edad adulta sin ser embarazadas en contra de su voluntad. Se casan con la ilusión de construir una familia. Con frecuencia, el proyecto termina en fracaso y lo más probable es que el hombre abandone sus obligaciones emocionales y financieras para con los hijos.

Este complejo panorama demuestra que si no existe el reconocimiento a la dignidad de la mujer, de su sexualidad, de su cuerpo, no puede celebrarse la maternidad en todo su esplendor. La mujer y la madre no están separadas. Para criar una sociedad sana, las madres deberían poder abordar este rol con libertad y seguridad. Cuando se culpe “a los padres” por acciones funestas de los hijos, habrá que pensar que detrás de estas acciones está probablemente una mujer abusada y desprotegida por una sociedad que no reconoce su dignidad.

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