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Opiniones de hoy

La muerte del comisionado Cándido Noriega

opinion

“Buena conducta”, concepto falaz e ilógico de aplicar a un hombre acusado de más de 150 delitos.

 

La semana pasada falleció el comisionado militar Cándido Noriega Estrada quien, durante el apogeo del genocidio en Guatemala, en la década de 1980, aterrorizó a pobladores de los municipios de Chiché y Chinique, en el departamento de Quiché y también en Chimaltenango. Noriega, como otros verdugos del conflicto armado, ante los crímenes que ejecutó, debió morir en la cárcel. Sin embargo, el sistema de justicia le permitió salir por “buena conducta” luego de purgar solo 15 años en prisión.

“Buena conducta”, concepto falaz e ilógico de aplicar a un hombre acusado de más de 150 delitos. Responsable de dirigir y ejecutar masacres, asesinatos, violaciones sexuales, torturas, secuestros, robo de animales y tierras, entre otros contra población k’iche’ y kaqchikel desarmada.

Su caso fue de los primeros en demostrar la dificultad de poblaciones indígenas en obtener justicia frente a semejantes crímenes. El primer juicio contra Noriega se realizó en 1997, el segundo a principios de 1999. En ambos, los tribunales argumentaron que no existían suficientes indicios de la culpabilidad del acusado. En el tercer proceso, a finales de 1999, varios testigos se rehusaron a declarar por las amenazas e intimidaciones de familiares y allegados de Noriega. Sin embargo, en noviembre de 1999, Noriega fue hallado culpable y condenado a 220 años de prisión por asesinato y homicidio. De los 150 delitos originales, el acusado fue sentenciado solamente por seis asesinatos y dos homicidios.

La muerte de sanguinarios personajes como Noriega revelan la alteración permanente del tejido social de poblaciones sobrevivientes de crímenes de lesa humanidad y genocidio: Comunitarios forzados a convivir en la misma comunidad con sus verdugos frente a un sistema de justicia incapaz de sentar un legado firme basado en la justicia transicional que asegure la no repetición de los hechos y una sociedad que no quiere confrontar y, en muchos casos, asumir responsabilidad por los hechos.

En el presente, la muerte de estos militares, algunos conocidos y otros en el anonimato, no es suficiente para lograr la paz y reconciliación. Se necesita más del sistema de justicia y del propio Estado. Por eso, hoy en Guatemala, mientras decrépitos asesinos mueren, sus descendientes retoñan, como las nuevas voces del odio.

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