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Opiniones de hoy

Pactos machistas

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La corrupción como forma de vida.

 

Los anacrónicos valores del honor y la decencia, sobre los que decían basarse los pactos de caballeros, han sido sustituidos por la competitividad y el abuso descarados. Engañar al socio, robarle al Estado, pichicatearle a la familia, son actos de indudable corrupción. Inscribir un terreno por debajo de su costo, vender menos por más, fusilarse textos ajenos, evadir impuestos, igualmente condenables. La maraña de la corrupción engulle hasta a los más beatos.

Hemos interiorizado el incumplimiento de las leyes como fenómeno ineludible del que somos parte. Desde las cúpulas hasta los cimientos, se tolera la práctica de distintos malos manejos, mentiras e hipocresía, síntomas de ese cáncer maligno que ha alcanzado extremos mortales.

La cultura dominante promueve la corrupción y la patrocina. Transmite mensajes que hacen apología de pícaros, transas y traidores. Naturaliza actos que riñen con la humanidad. A través de imágenes repetidas por todos los medios, nos quiere convencer de que la injusticia es normal.

Sobre esos parámetros firman convenios, se asumen contratos no siempre explícitos, pero sí aceptados y puestos en práctica. El contrato patriarcal por excelencia es el que regula el intercambio de mujeres como mercancías, sea por la vía del matrimonio, la trata, las guerras, la política, el mercado. Para el sistema, las mujeres son algo que les pertenece, que les sirve, que les proporciona tiempo, energía y placer.

Siguiendo el patrón establecido, Jimmy Morales coloca en puestos de decisión a coyotes de su misma loma: tipos incapaces de gobernar, individuos con antecedentes delictivos, ignorantes supinos. Como son cuates o recomendados, los pone en cargos a los que llegan para agravar el desgaste del Estado y la insatisfacción de la población.

Pactos machistas son los acuerdos que se establecen entre doñitos de tacuche y corbata, sotana o toga, uniforme militar, sombrero y machete o armas letales. En esos pactos, sellados con códigos antiguos, queda refrendado el viejo convenio misógino que confirma la violencia como vehículo para el control. El pacto machista es minucioso para reglamentar su poder: Las mujeres no pueden decidir, deben callar, darles todos los hijos que les implanten, someterse a su voluntad y sobre todo, aguantar. So pena de crueles castigos.

Las elites económicas, representadas por criollos de postín, diseñan y ejecutan la institucionalidad de clase y las políticas que la sostienen. A través de negocios, organizaciones políticas y redes familiares, implantan una jerarquía masculina en la que sus hijas y esposas obedecen y los hombres mandan. Así se ha sostenido el patriarcado, por los siglos de los siglos.

De otra parte, los pactos feministas, ponen en el centro el cuidado mutuo, la colaboración recíproca, el respeto universal. En un contexto hostil como el de Guatemala, parece irrisorio pensar así. Luchar por vidas dignas y convivencia armónica es la única salida ante la avalancha de odio y agresión que los machos chapines están promoviendo. Resistir, evolucionar, continuar, pasos certeros hacia otro mundo posible.

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