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Volver a pasar por el corazón.

Vivimos ante un desfile cotidiano de tragedias. Es ya cultura popular decir que “salimos de una, para entrar en otra”. Sin descanso. No pausa. No alivio. Sin tiempo para asimilar las consecuencias de un Estado que falla para la mayoría. Sistemáticamente. Sin horas para comprender a fondo que ante tanta pena lo único que nos salvaría sería aferrarnos a una política integral de prevención.

Pero un Estado paternalista no previene, simplemente se aferra a reacciones, parches y se anida en la caridad. Es asistencialista y enemigo de la transformación. No comprende la vulnerabilidad estructural. Se apodera de políticos que cómodamente lanzan discursos de falsa clemencia. Las soluciones de fondo no se perciben, porque domina la emoción, cuando estamos urgidos de la razón.

A la fecha, aún existen dudas de cómo se abordaron las reparaciones del terremoto en San Marcos, julio de 2014 (muchas pendientes). Hasta hace poco, había damnificados de El Cambray II en “albergues provisionales”. Siguen ocurriendo accidentes colectivos y las camionetas continúan conduciendo a mansalva las rutas de la muerte sin vigilancia.

Se sabe de los incendios cada año y de quiénes los provocan para sus fines oscuros, y no llegan ni a 200 los bomberos forestales. No se toman medidas para contrarrestar acciones en áreas protegidas que están en manos de actividades perversas.

De nuevo. La propuesta es declarar Estado de Calamidad Pública. Relajar los controles que dan seguimiento a las compras. Carta blanca. Cheque en blanco. ¿Será posible que existan políticos dispuestos a aprovecharse del dolor?

Hay tragedias lentas y silenciosas. Los niños que como gotas, mueren continuamente por causas vinculadas al hambre. El vacío del Estado en esta materia llora sangre. El silencio se apodera, crece y se fortalece. La aquiescencia se sienta felizmente en su trono. Las tristes condiciones del sistema educativo, de hospitales, de “hogares “seguros”, de carreteras, de edificios sin protocolo de seguridad, de colonias en el ápice de montañas inseguras, de barrancos como bocas de lobo. Sicarios desenfrenados. Acá más vale enterrar que prevenir.

Se dice que los guatemaltecos carecemos de memoria. Quizá sean demasiados acontecimientos simultáneos como para asimilar tanta tragedia cotidiana. Quizá nos convertimos en sobrevivientes; en más víctimas que ciudadanos. Pero “jamás olvidar” debe de ser nuestro lema. Recordar: re (de nuevo) Cordis (corazón). “Volver a pasar por el corazón”. Para advertir, para exigir transformación. Un nuevo trato con la vida.

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