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Opiniones de hoy

Don Héctor Gabriel Valdez De León

opinion

No es fácil ponerse uno en los zapatos de otro en sus caites y, menos aún, en sus pies descalzos.

 

Una de las personas a quien más he admirado en mi vida es a Héctor Valdez –Don Héctor Valdez– cofundador, guardando las distancias –Don Héctor fue siempre un empleado (nada más, es cierto, pero nada menos que un empleado) de Aceros Prefabricados, Sociedad Anónima o, más bien, de su fundador, siempre a su lado en todos y cada uno de los momentos de su vida, los buenos y los malos.

Nunca un ser humano así de fiel.

El fundador, mi cliente y amigo y, a solicitud suya, mi compadre, fue en todo momento severo consigo mismo y generoso con su empresa, la mejor explicación de su éxito, a la par de su mente brillante, sin parangón alguno entre nosotros y así de único su infranqueable tesón (“Si la palabra, convence, es el ejemplo, el que arrastra”).

Don Héctor Valdez fue descalzo a lo largo de toda su infancia hasta que su padre le hizo un día el más prodigioso de los regalos ¡Un par de zapatos! desde ese momento, el más preciado de sus bienes. Tal vez, incluso, el único de sus bienes.

A veces, quitárselos para jugar fut y para no dañarlos.

Alguna vez, jugar con ellos ¡Qué indescriptible diferencia! así como recorrer con ellos los caminos: ¡Sus zapatos!

Una tarde fue Don Héctor a bañarse al río con unos amigos y dejó sus zapatos –esos únicos zapatos– en la orilla y, al volver, la terrible tragedia, ya no estaban sus zapatos.

No volvió a tenerlos sino hasta cuando ya mayor, con su primer empleo, pudo pagarlos.

Inmenso el amor de Don Héctor por su infancia, por sus padres y hermanos, Por su vida, una vida dejada al servicio empresarial ¡Son tantas! Buen esposo y maravilloso padre, amigo: Y, sobre todo, diligente y leal trabajador.

Una vez un colega abogado dijo al pionero-fundador, mi compadre, que no se explicaba el éxito de su empresa, teniendo equipo tan mediocre.

La verdad es que no pude sino sonreír ante su idiotez y que conste que el fundador, humano que es uno, no dejó de sentirse halagado por el “cumplido”, él, el hacedor.

Se debe saber encontrar el valor de los diamantes. Don Héctor, en sus estudios, quedó en perito contador, bastante menos aquellos de Sonny y aunque profesional, pero sin una maestría –maestro de maestros– el ingeniero Mendoza.

Un señor equipo, tan solo invisible para aquellos que no supieron verlo.

El tema de mi artículo, sin embargo, no era ni es Don Héctor Valdez, como tampoco mi compadre, sino yo mismo.

Me es difícil ponerme en los zapatos o los caites de otro, o en sus pies descalzos, puesto que tuve un hogar, en el que lo tuve todo –y no me refiero a lo económico, que también lo hubo– sino al inmenso amor y respeto que hubo en él.

Lo tuve todo como niño, incluso percatarme de vicisitudes y estrecheces pero, en todo caso, y en todo momento, un hogar de privilegio.

En este se me inculcó un gran respeto por todas las personas, empezando por el personal de servicio.

Mi nana, María Tamayac, amada, querida y considerada como parte de nosotros mismos como, de sí misma, nos consideró ella a nosotros. La niñita, la hermana a la que nunca conocí, muerta al nacer y varios años antes de que yo naciera, siempre presente, sembrado su recuerdo por mi madre entre nosotros y –claro está– mi abuelita, ciega.

Respeto por aquellos que tenían menos, o nada tenían. Por los maestros, por el sastre de la esquina y por los artistas de la marimba orquesta de la casa de enfrente.

Maravilloso aquel mundo de niño, cuajado de amor y de respeto.

Difícil, por eso, ponerme en los zapatos de alguien más, en sus caites y, aún, en sus pies descalzos.

Uno, entre cinco hermanos –y padre yo– de cinco hijos –hemos podido hacer con mi esposa una fiel réplica aquello.

Respeto por cada ser humano. Respeto por la vida de cada uno, el milagro de Dios, irrepetible. (Quien justifica un crimen, los justifica todos).

Pienso en Don Héctor Valdez, en su primer par de zapatos y en sus pies descalzos.

Difícil –imposible– sin embargo –ponerme en esos pies descalzos, aunque quisiera.

Estará Don Héctor Gabriel Valdez De León en su casa de la zona uno, rodeado del más que merecido amor de todos los suyos y fiel como siempre en su recuerdo al inolvidable fundador, empleado-fundador que fue –cofundador– de aquel notable sueño que hicieron realidad: la empresa.

Dueño, como diría el poeta, del mejor de los tesoros, el de su propio corazón.

Aunque imposible –así lo dije– hace uno posible lo imposible, y así me pongo –con inmenso cariño y el más profundo respeto– en aquellos pies descalzos…

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